sábado 21 de noviembre de 2009

SOLEDAD NO SÓLO ES NOMBRE DE GALERISTA

Hace unos días (siempre de todo hace unos días) anunciaba, y anunciar es un decir, que íbamos a estar en el DA2 de Salamanca , invitados por Arte10, a hablar un poco de todo esto. Efectivamente. Estuvimos en Salamanca y no hablamos ni de pintura ni de pintores pero sí de blogs ( de éste, de aquel, del otro), de galerías, de museos, de ferias (de la “única” feria) y poco de los pintores. Pero bueno.

Javier Panera, el director del DA2, marcó la pauta, y de qué forma, y consiguió encandilarme con su manera de hacer, con sus gestos y con su encanto. Que lo tiene, y mucho, que sabe muy bien lo que hace y que no lo hace porque sí. Tiene un hermoso museo en las manos y junto a Rafael López Borrego guisan y dan de comer a esta jauría que muchas veces (yo mismo) habla por hablar y ni ven las exposiciones. Mea culpa, culpa pública y absolución improbable.

En la católica España casi nadie anda ya libre de pecado aunque Fernando Castro, beatus ille, se atempere en ABCD, se case con unos cuantos (la crítica de hoy de las exposiciones de Carlos León no tiene pérdida: ¡buscadla!) y dé de merendar pan con chocolate cuando nos tenía acostumbrados a bacalao al pil-pil y a gintonics al anochecer. Cosas de los tiempos, seguramente, que siempre son más aciagos de lo que nos merecemos.

Así pues vuelta a la soledad de uno, que como todo el mundo sabe es una soledad a medias. Media soledad, vamos. Pero, lo que son las cosas, me siento tan a gusto.

miércoles 18 de noviembre de 2009

VELAD Y ORAD


Hace unos días hablaba largo aunque no tendido sino más bien a trompicones (buenos y hermosos, sin embargo) con un conocido matrimonio de galeristas patrios sobre lo divino, sobre todo, pero también alrededor de lo humano, de la caridad, de la pompa, de la circunstancia y, al final, del trapicheo.

No llegamos a ninguna conclusión, ni falta que hacía, porque no se trataba de concluir sino de discurrir. Y así lo hicimos, y creo que bastante bien, transitando por este aciago mundo con dos botellas de cava y un platito de anacardos. Y eso que eran las once de la mañana.

Volvimos a hablar de ARCO. De ese ARCO que hasta necesita de una muletilla geolocalizable para llamarse ARCOMadrid, de esa feria que ha oxidado sus propuestas hasta la ridiculez. Que ha titulado en inglés hasta los lavabos, que se sigue haciendo querer y desear como si se tratara de unas oposiciones a un concurso herrumbroso, como las lanzas de Juan Benet y, de paso, las de ese señor de La Coruña.

No me gusta que sea noticia, si es que lo es, que Helga de Alvear y Pepe Cobo renuncien a sus stands y se refugien o se resuman o vete a saber, en el llamado “Solo Projects” , y que luego venga a decir la señora Fernández (doña Lourdes) que “me quedé helada cuando me enteré”. ¡Válgame Dios! ¡Cuantas bobadas! Qué ganas de perder el tiempo y de hacérnoslo perder, el tiempo y hasta las ganas de trabajar, a los demás.

Si resulta que va a tener razón uno de mis amigos. A las talibanas de don Eduardo Arroyo (él las bautizó así, gloriosamente) por lo menos se las veía venir. A la señora Fernández no hay por dónde cogerla. Y ya se sabe que pájaro en mano vale más que cien galerías (noventa extranjeras, diez españolas) volando.

N.: La ilustración corresponde al cuadro La Oración en el Huerto, de Andrea Mantenga, que está en la National Gallery.

martes 10 de noviembre de 2009

REDES DE ARTE

EnlaceHace tanto tiempo que no me asomo a esta ventana que casi me da miedo. A caerme. A lo mejor a precipitarme, también, a uno de esos vacíos que intentamos llenar con el teclado, la pantalla, el ser y la nada. El haz y el envés de mi atropellada existencia que prefiero que de momento siga siendo virtual. Es un decir.

Acabo de leer que Robbie Williams se confiesa ferviente católico, o algo así, “tras navegar varias horas por Internet”. Hélas!. Ni telepredicadores ni misa de doce ni siquiera un encantador director espiritual: ¡la red!.

Lo real, pues, superado por lo virtual. Que no es mala cosa sino todo lo contrario. Ahora mismo llevo, por motivos profesionales (hélas!) sentado al ordenador desde hace dos horas. He bajado a tomar un café a mi meeting point preferido y me ha cegado la luz de la calle, el discreto bullicio, hasta el sol mortecino de noviembre. Vivo en una calle antigua de un barrio antiguo de una ciudad más antigua todavía. Por mi calle no pasan coches, apenas hay niños (los niños viven con sus padres en las urbanizaciones de las afueras), los curas van vestidos de paisano, el señor Arzobispo sale poco (aunque va a la misma barbería que yo) y para colmo ya hace tiempo que las meretrices dejaron de trotar por estas esquinas. No hay aceras, poco ruido y un acceso medianamente rápido a Internet. Por eso esta mesa y esta habitación del siglo XIX parece una celda ¡conectada a la red!. Y a veces me asusta la calle.

También por eso, y por otras cosas, el sábado voy a estar en Salamanca, invitado por los gestores de Arte10, a charlar de todo esto en el DA2. A vernos las caras. Y lo que más me gusta es que sea en una ciudad antigua, para estrechar lazos, tender redes y hablar de cuadros y de pintores, que me parece que es lo único que sé hacer. Ni bien ni mal.

N.: La ilustración corresponde al cuadro El pescador y la sirena, de Frederick Leigthon, al que ya se ve que no le ha hecho falta una red. O a lo mejor sí.

domingo 27 de septiembre de 2009

EL DANZARÍN Y LA DANZA


El verano de 1979 un buen amigo y excelente lector me recomendó un libro de Andrew Holleran (“el libro” de Holleran) que en España se tradujo así, El danzarín y la danza, y que en inglés era algo más explícito (o por lo menos más fundamental), The dancer from the dance, título que partía de un precioso poema de Yeats en el que el poeta se pregunta, al final “¿cómo distinguir al danzarín de la danza?”.

El libro, muy citado y, por lo menos en Estados Unidos, un libro de culto, traza, noveladamente, una crónica del mundo gay neoyorkino en esa época de eclosión que va desde los primeros Gay Pride hasta la irrupción del SIDA, poco más de una década.

En la novela, bastante bien escrita aunque penosamente traducida, por lo menos en esa edición (hay otra más reciente que no conozco), aparecen personajes ficticios, claro está, y reales, desde Warhol al duque de Alba (a la sazón, Jesús Aguirre), pasando por los “cancos” y los “faeries” de García Lorca, “saliendo en racimos de las alcantarillas (…) o girando en las plataformas del ajenjo”. Pero el protagonista no lee a Lorca (ni siquiera lo cita) pero sí a Ortega y a San Agustín y la novela se desliza, tremenda, entre loas a la soledad y metáforas de la fiesta pública, inauguraciones en el MOMA y truculentas noches en cualquier antro de SoHo. El libro termina con el incendio de la mítica sauna Everard que ocurrió, creo recordar, el verano del 78 y con una especie de moraleja que desdibuja un poco los buenos propósitos del escritor.

No sé si hay que leerla o no. Yo lo he vuelto a hacer este verano, justo treinta años después, y me siguió inquietando en algunas páginas. Después de todo esto (de todo aquello) hace pocos días ha muerto mi buen amigo y excelente lector de una manera atroz, sin distinguir, seguramente, al danzarín de la danza.

Y estoy completamente desolado.

N.: La ilustración corresponde a un dibujo de Víctor Mira que anda por la red y que a lo mejor no tiene nada que ver con todo esto. O a lo mejor sí (como tantas veces).

jueves 23 de julio de 2009

EL SEGUNDO IMPERIO


El título viene al hilo del comentario de mi querido interlocutor Audiotalaia, alias Educomelles, que tan atento está (y tan atento es) a y con todos mis avatares librescos. Y porque cada vez que me paseo por el quartier barcelonés de Rambla de Catalunya-Consell de Cent-Balmes me quedo con ganas de contárselo. Con desganas.

En plena ola de calor empecé comiéndome un espléndido bocadillo de jamón en el Forn de Sant Jaume, al lado de la galería Joan Prats, porque los bocadillos están buenos (y los chocolates y el cabello de ángel y los fantásticos hojaldres) y porque estoy convencido de que hay que entrar bien merendado a según qué galería. A la mayoría, vamos. Y acometí la exposición de Víctor Pimstein con el ánimo adecuado y sin demasiados prejuicios.

Me gustó aunque no me entusiasmó. Pero estoy convencido de que el artista, del que no había visto más que fotografías de sus cuadros, va en serio. No es que se lo tome en serio, que lo hace, sino que es que sabe lo que hace y lo hace bien.

Los cuadros son bonitos, menos etéreos de lo que el crítico que escribe el texto del catálogo pretende, porque ese texto creo (en mi poco humilde opinión) que flaco favor le hace a la pintura de Pimstein. Alex Bauzà, que es quien firma el texto, se empeña desde el principio en demostrar que los cuadros son, ¡válgame Dios!, meros “soportes materiales para la pintura” (sic). ¡Pero si al pintor lo que le gusta es pintar!. Por qué el crítico, o lo que quiera que sea el señor Bauzá, dice así, a las bravas, que la pintura es “retórica (en cuanto a) proceso” y desprecia, o eso parece, “la estéril autorreferencialidad de cierta pintura abstracta”. ¿Es Tàpies estéril y autorreferente? ¿O Millares? ¿O Rothko? Más autorreferenciales que cualquiera de los tres, imposible. Pero ¿estériles?. Que parece que ese señor se avergüenza de los pintores “que pintan” y arrastra con ello al artista. Como si el estar (o el ser) más próximo a la fotografía nos salvara (les salvara a ellos, los pintores) de algo. De todo. No me gusta todo esto.

Después crucé la acera, y ojalá no lo hubiera hecho, y me metí en Senda. Christopher Mir, que por el apellido podría ser de Caldetas o de Montroig, y al que el suplemento de La Vanguardia de ayer mismo le dedicó un amplio artículo, no hace más que enredar el asunto. El señor Mir sí que se siente culpable. De ser pintor y hasta de ser coleccionista de imágenes. Porque además va y las pinta en unos tremendos collages (no sé cómo llamarlos) ácidos y la mayoría banales. ¿Por qué ese empeño en pintar, en llenar el cuadro, en acentuar una y mil veces, como en una mala novela de pobre argumento, para luego no poder recordar nada. ¿Por qué todo ese trabajo?.

Seguí, sediento y algo desazonado, pero prefiero no seguir contando. Margaret Métras tenía cerrado, Llucià Homs también, Carles Taché seguía con Tony Cragg (su dinero le habrá costado) y Toni Tàpies celebraba una especie de hermanamiento Toronto-Barcelona que no me interesó en absoluto. El segundo imperio no es el de la fotografía, hermanos. Es, como el primero, el de la pintura, como representación, como oficio y como celebración. Y el que se avergüence, que se dedique a vender pisos o a dar clases de wind-surf.

N: La ilustración corresponde a la fotografía de unos de los cuadros de Víctor Pimstein, el titulado Horizon 15, que cuelgan en Joan Prats.

domingo 19 de julio de 2009

EL SILENCIO TIENE UN NOMBRE (DOMINGO DEL MES DE JULIO) Y LA INDECISIÓN VARIOS


Pues es que no se trata precisamente de indecisión, vamos, sino de una especie de apatía a la que no estoy acostumbrado. Quizás es que necesito unas vacaciones o que el sol ha empezado a parecerme un enemigo o que no soporto, definitivamente, el olor a fritanga que se pega a las piedras, a las piedras construidas, como si fuera una lapa malévola dispuesta a recordarnos a cada momento que somos polvo, ceniza y grasa.

Y también digamos que disfruto de este silencio un poco a medias. Porque no soy capaz de tirar adelante un librito de relatos en el que estoy metido o quizás porque me he puesto a orear, ya lo conté hace unos días, la literatura de los demás. En eso estamos y ahora me doy cuenta de que no es un buen ejercicio. Ni tan siquiera higiénico.

Veamos: a la izquierda de mi cama (mirando a la cama) hay una especie de costurero antiguo que hace las veces de mesilla de noche y que es donde reposan, en tropel, las novedades, lo que estoy leyendo o a punto de leer. Demasiadas cosas apoyadas por una especie de escabel en el que yacen libros pendientes: de lectura, de olvido o incluso de destrucción definitiva. Hasta ahí más o menos bien.

Encima del escabel se yergue una hermosa estantería modernista, pequeña y con una especie de hojas de acanto talladas en la madera, que me regaló no hace mucho mi querida amiga Maripa S. y que ha venido a ocupar, completamente, don Josep Pla. Parte de sus obras completas, tan bonitas encuadernadas en azul oscuro, cosas de bolsillo, alguna rareza y una sola delicadeza que necesita una restauración. Pero al lado, junto a lo que fue la puerta de la alcoba, me he empeñado en reunir, sobre ocho baldas de un mueble demasiado alto, al 98, el 27, los ismos y hasta los cataclismos. Ahí reside el problema, la indecisión, los ácaros e incluso los recuerdos. Los buenos y los malos (recuerdos, que no hay ácaros buenos).

¿Don Ramón María al lado de don Miguel? ¿Buñuel junto a Lorca? ¿El Manifest groc junto a los espantosos Rostros ocultos de Salvador Dalí? ¿Dónde pongo a Dámaso Alonso? ¿Qué hago con Ismael de la Serna? ¿Por qué no tiro de una vez el libro de Tarín-Iglesias sobre Unamuno o El Cid Campeador de la pobre María Teresa León?

Ante tanta indecisión he optado por olvidarme del siglo XX hasta el mes de septiembre e intentar hacer algo por el XXI. ¿Seré capaz?

N.: La ilustración corresponde a una fotografía antigua de una procesión marítimo-terrestre, probablemente de algún lugar en Galicia, en honor a la Virgen el Carmen, a la que suelo invocar por estas fechas en demanda de algo más de cordura, sobre todo terrestre (iba a escribir terrenal).

martes 7 de julio de 2009

ANDO REVOLVIENDO


Ando revolviendo las estanterías algo ladeadas de mi pasillo más o menos interminable para quitarme de encima varios tomos sobre la Guerra Civil, la posguerra y la madre que los parió porque me he propuesto airear un poco mis interiores y dar suelta a varios de mis exteriores.

La cuestión es que le he regalado parte de mi pasado libresco al doctor Finch y estoy a punto de deshacerme de más de doscientos tomos, tomitos y tomazos que se empeñaban en ahogar mi entretenimiento y parece ser que no me dejaban progresar. Aunque ya veremos.

Ando, pues, limpiando, fijando y dando esplendor a casi todos los anaqueles cercanos e incluso a alguno de los lejanos. Y entonces aparecen, en ese afán de ordenar, cosas insospechadas e incluso inhóspitas.

En un requiebro (en un rincón, en un recodo, en un pliegue de una de las estanterías) ha aparecido un tomo que no había visto nunca, Ni lo he comprado, ni lo había, ni pertenece a la biblioteca familiar ni tan siquiera formaba parte de algún despiste viajero o viajador. ¿Quién lo ha puesto ahí?. Se trata del número cuatro de las Éditions Ruedo Ibérico y se titula, ni más ni menos, Versos para Antonio Machado. Publicado en 1962, cuando yo tenía (iba a poner “ostentaba”) ocho años, luce unas leves y como desdibujadas portada y contra de Manolo Millares, unos trazos azules tirando a verdes (firmado “MILLARES”) y recoge varios poemas en homenaje a don Antonio, “destinados a conmemorar la institución Premio Antonio Machado” que no sé si tuvo continuidad, ni en París ni en Collioure. Se imprimieron seiscientos ejemplares y el mío conserva toda su lozanía, si cabe, y ni una sola mancha de orín ni de verdín ni siquiera de nostalgia, porque para eso están los lectores y no los editores.

La cuestión es que “la ardua sentencia de la posteridad” de la que hablábamos el día anterior ha sido implacable. Tremendamente implacable. Y a lo mejor lamento haber encontrado el libro (pero ¿quién lo ha metido ahí?) como lamento que Jaime Gil de Biedma escribiera tan penosos versos (¿qué es eso de “A ti, compañero y padre / reconocida presencia”? ¿son suyos esos versos?), que José Agustín Goytisolo alce su vaso y brinde “por tu claro camino”, que Ramón de Garciasol, del que no me había vuelto a acordar, vuelva a clamar por su claridad en una ¿loa? a la “España molinera / parteadora / presa en la primavera…” y que, en fin, se me revuelvan los restos con los quejidos, las loas con los requiems y el pasado con el pasado. Tremendo.

Voy a hacer un nuevo examen de conciencia. Grave. Voy a volver a leer a don Antonio (nunca he dejado de hacerlo) y me voy a quedar con Claudio Rodríguez, el único que sabía lo que se decía, o eso pretendieron, en 1962, los del Ruedo, menos ibérico de lo que pudiera parecer: “(Bien sabe él que está despierto, / más despierto que nadie.)” . A la orilla (izquierda) del Sena, como si fuera un Duero capitalino. O como si no.

viernes 3 de julio de 2009

TRANSMEDITERRÁNEA


He pasado más de un mes de luto riguroso y ahora que entro en el alivio resulta que no hago más que leer obituarios y programas de exequias y cantos fúnebres por doquier. Y lo digo con todo el respeto (¡el miedo!) que el asunto puede merecer.

A la pobre Farrah Fawcett-Majors le han hecho poco caso, a Michael Jackson bastante más y a Baltasar Porcel, que en estos momentos tiene su capilla ardiente en el Palau Moja, el diario La Vanguardia, por ejemplo, le está dedicando páginas enteras desde ayer. Lo que no me parece mal, ni mucho menos.

Lo mejor que se ha publicado en esas páginas es el texto corto de Pere Gimferrer titulado De Andratx al crepúsculo en el que repasa la relación con el escritor de una manera maravillosa. Escueta, justa, nada halagadora, exacta. Y es que Gimferrer es un gran escritor, ese sí que sí, no suele echar mano de los currículos y dice justo lo que quiere decir. Al resto, a muchos de los otros prohombres (y promujeres) de las letras, no hay por dónde cogerlos.

Sólo hablé una vez con Porcel, mejor dicho asistí a una breve charla del escritor, entonces muy joven, Àlex Susanna con el mallorquín en la cubierta de un barco parecido al de la ilustración, si no el mismo, durante uno de esas largas travesías transmediterráneas Barcelona-Ibiza con escala en Palma de Mallorca. Era un mes de invierno, hacía frío en la cubierta del Ciudad de Valencia y Baltasar Porcel pontificaba con la mirada perdida en algún punto de nuestro mar común, ese Mare Internum del que no nos podemos sustraer, de tan común, tan interno y tan merecedor como nos sigue pareciendo.

Luego tuve algo que ver, poco, con el Institut d’Estudis Mediterranis, creo que se llamaba así, que estaba en el antiguo edificio Atlántico de Diagonal-Balmes. Mal nombre el del edificio para el Institut, pero las cosas suelen tener (nos suelen proponer) requiebros de ese jaez. Mal recuerdo, quizás.

Y poco más. “L’ardua sentenza” de la posteridad, como recuerda Gimferrer, se irá encargando de lo demás. Hasta de mis huidas a Ibiza, de los poemas penosos garrapateados en las servilletas del American Soda y hasta de las Cartas Marruecas de don José Cadalso que aún no sé por qué me empeñaba en llevar siempre en la mochila. Aunque de esas tres últimas cosas no ha hecho falta esperar tanto para hacerlas tan livianas como el papel Smoking para liar un canutito al amanecer, casi a punto de atracar en el puerto de Ibiza y antes de que apareciera la Guardia Civil.

N.: La ilustración corresponde a una fotografía de Carles Marí del buque Ciudad de Valencia, de la compañía Transmediterránea, atracado en el puerto de Ibiza. Evidentemente.

miércoles 27 de mayo de 2009

QUÉ DIFÍCIL ME LO PONEIS, HERMANOS


Hace un tiempo empecé a publicar este blog con intenciones más o menos insanas pero con una prudencia que, aunque a algún mentecato le haya parecido lo contrario, es bastante inusual en mí. Y voy a hablar en primera persona porque para eso lo firmo.

Me indigno bastante a menudo pero también, y sobre todo, celebro las buenas intenciones de los demás, los textos buenos, los buenos cuadros, las exposiciones luminosas y bien pensadas, las oscuras y pensadas aún mejor pero me suelo enfadar cuando no hay ideas, o cuando me parece que no las hay, o cuando alguien escribe bien lastrado de citas porque no sabe qué decir o pinta sin dudas, que es lo peor que le puede pasar a un pintor, no tenerlas o, peor aún, intentar esconderlas.

Han pasado muchos años desde el entusiasmo y me tengo que fabricar entusiasmos nuevos cada día, después del desayuno o quizás antes de la cena, que es cuando suelo ponerme a escribir. Y me cuesta un imperio. Escribo otro blog, que lee bastante gente y que me divierte enormemente. En ése no se enfada nadie, o casi nadie, y tiene comentarios sabrosos de gente estupenda que se dedica a mil cosas y a las que les divierte, como a mí, escribir y comer y no ponerse pesados con las cosas del querer (ni con las del desear). Este blog no sé si lo lee ni mucha ni poca gente, no tengo contador y raramente me citan en ningún sitio. Pero se me enfadan a menudo, no tanto como yo quisiera, porque suelo poner nombres y apellidos y la gente va y se busca en Google y luego pasa lo que pasa: que un iletrado (eso me han llamado, entre otras lindezas) se atreve a nombrarles y a joderles la vida.

Pues no, escasos o numerosos lectores, yo no quiero joder a nadie aunque me gustaría hacerlo a según qué horas. Tampoco estoy viendo el partido del Barça ni voy a decir ni una sola palabra sobre la puerta de la galería de Carles Taché, que no se abre ni a tiros (¿me la cierran a propósito?), ni de la exposición de Tony Cragg, por el que bebíamos los vientos no hace tanto y ahora no puedo entender cómo y por qué ha llegado a esas horrorosas esculturas (¡esas estatuas!) que ni en un jardín de Sant Cugat, ni voy a hablar de Borja-Villel y su colección “sin complejos”, ni su afrentosa, afrentadora, afrentante frase (no sé si es suya o del periodista de ABCD, hace unos días) en la que “…lo de Goya y Sorolla es anecdótico, pese a lo noticiable”, ni de la correspondencia entre José Luís Brea y Brumaria, ni de los gin tonics de los unos y las amistades peligrosas de los otros.

No voy a decir nada. Fernando Castro Flórez ha suprimido su blog y estoy de luto.

lunes 11 de mayo de 2009

CURSIS Y VANOS


Según el diccionario de la Academia, y en su primera acepción, dícese “(…) de un artista o de un escritor, o de sus obras, cuando en vano pretenden mostrar refinamiento expresivo o sentimientos elevados”.

Los dos críticos a los que llamo cursis se acoplan perfectamente a la definición académica, tanto que casi la superan: uno es el del otro día y el otro el de hace unos meses. Luego vendrán su primo, su novia, su cuñada o ellos mismos a decir que soy un analfabeto, que escribo por escribir y que destilo veneno o algo por el estilo. ¡Cursis!

miércoles 29 de abril de 2009

FERNANDO C.F. VS ENRIQUE A.R.


Estupefacto me quedo al leer en el blog de Fernando Castro Flórez su diatriba, tremenda, contra la crítica de Enrique Andrés Ruiz en el ABCD del sábado pasado sobre Juan José Aquerreta. Escriben algo así sobre mí, pintor o crítico, y me pego un tiro.

Me sigue gustando, y mucho, don Fernando, aunque no entendí bien su artículo en el mismo número de ABCD sobre la exposición de Tehching Hsieh en el MOMA. O lo entendí demasiado. A F.C.F. no le gustan ni las reliquias ni los relicarios pero lo cuenta mal, se deja llevar por su ego y por su alter y se cisca en el performer, en el museo y, de paso, en un pasado que no vivió y que se ve que le molesta. O a lo mejor es que tampoco lo entiende.

Es igual. El caso es que la que sí pone a caer de un burro es la exposición de Aquerreta en la Marlborough de Madrid y la crítica de Andrés Ruiz, “el artículo de marras”. Llama casposo al crítico y torpe al pintor y, de paso, arremete contra Calvo Serraller. A ver, la crítica la leí antes de su mención (de su “horror”) en el blog, que no he leído hasta hoy, y me dejó bastante sorprendido. Andrés Ruiz ha dejado hace tiempo, y creo que ya lo dijimos, de jugar a delfín de Juan Manuel Bonet y se ha dejado llevar por una especie de mística de la figuración que cuenta mal y, además, en una clave lírica que casi nunca viene a cuento. Cita a San Pablo cuando debería hacerle más caso a San Agustín, y se despacha con esa “maravillosa inocencia que perdura” que ni en un catálogo de galería casposa, esas sí, de la calle Petritxol o de panfleto de centro parroquial. Y Castro se enerva. Y va y lo cuenta, aceradamente, con un descaro que parece que ambos críticos no escriban en el mismo suplemento. ¿Se ven las caras en los consejos de redacción?. ¿O no existe tal cosa?. Estupefacto.

N.:

I. La fotografía, que como muchas veces no tiene nada que ver, es de Ethel Martí y está tomada en la pasada edición de ARCO.

II. De los relicarios de Castro Flórez, de los propios y de alguno de los ajenos seguramente hablaremos en el próximo número de nuestro medio habitual, la revista Art Notes, más habitual que estos mundos, ambos, a los que abandonamos demasiado a menudo.

III. Si los presuntos críticos, los que están en nómina, más o menos, se preocuparan un poco menos de los amigos que tienen en los museos y en las instituciones, otro gallo nos cantara. Y si de paso aprendieran a escribir, nos lo pondrían mucho más fácil. Aunque a lo mejor, entonces, no tendríamos nada que contar.

Y IV. Sólo me divierte Fernando Castro. Pero aunque Juan José Aquerreta me dé igual, me sigue gustando Isabel Baquedano, por ejemplo, a la que sí me parece que se le hace mediano caso. En fin.

ARCO ROMANO


También me alegro de que la gente de Soria-goig hayan recuperado la página de la galería Arco Romano, la de Pepe Arense en Medinaceli.

Ahí yacen o, mejor, flotan y sobreviven varios artistas queridos, otros por querer y alguna de nuestras letras pasadas que no sé bien si sirvieron para algo. Ahí están algunos y algunas, por lo menos.

MADRID FOTO


Me llega la noticia de la aparición en el ruedo del blog de Madrid Foto, la feria de galerías y de fotografía de las próximas semanas en Madrid.

Me parece estupendo que las empresas de comunicación se vuelvan blogueras, que nos vayan contando así lo que pasa o lo que va a pasar en la feria y que mantengan la mecha, la llama y el espectáculo encendidos. Más o menos.

N.: La foto, preciosa, corresponde a la serie La seda rota del artista José Manuel Castro Prieto que actualmente expone en la galería Blanca Berlín de Madrid y en el Centro Cultural de la Villa.

lunes 23 de marzo de 2009

RAFAEL BARTOLOZZI

Rafa murió ayer por la mañana en su casa de Margodi, en Vespella de Gaià, mansamente, sin dejar de mirar ese mar que le daba vida, según decía, como a los algarrobos. Que le daba sentido a su vida, seguramente.

Fuimos a despedirnos al anochecer y yacía en perpendicular a ese horizonte, o eso nos pareció, rodeado de su mujer, Núria, de su hijo Nil, de sus perros, de sus amigos, de sus cuadros y a sus pies dos matojos o tres de tomillo, de esa farigola de tierra seca que según se va acercando el Viernes Santo va oliendo cada vez más a gloria bendita. Bien bendita.

Hemos pasado mala noche porque ha ido apareciendo Rafa y su música (la música que también sonaba en su honor, frente al horizonte) y los cuadros de los unos y de los otros y entonces hemos entonado un beatus ille patoso porque no estamos para requiems y porque estamos seguros de que el descanso de los pintores es mayor y mejor y cierto.

A todo lo demás, menos a la farigola y a los cuadros, que le den.

martes 17 de marzo de 2009

UN MES ES MUCHO

Un mes es demasiado, después de la lata que dimos en febrero, para permanecer callados. Silentes, más bien, algo cansados pero alertas. Siempre alertas.

Ahora, esta noche, parece sobre todo que andemos esperando la primavera, que nos hayamos olvidado del espléndido sol madrileño de febrero, de ese sábado tan luminoso en el que aterrizamos en la estación Lago y luego nos perdimos pero vimos a lo largo y a lo ancho los restos de esplendor y la derrota de la feria de Madrid. De los antiguos espacios de la Casa de Campo que conservan un aire limpio y fresco, pero herrumbroso, de un pasado no tan lejano. La herrumbre es buena cosa para el arte, el antiguo, el moderno y el contemporáneo. Y las mañanas con sol, y la nieve en Guadarrama y las cervezas en la calle de las Huertas.

En fin, que ha pasado más de un mes y esperamos dos cosas, sobre todo: los cambios en el CGAC gallego, que confiamos en que los haya, y un libro de Henry de Monfreid, Los secretos del Mar Rojo, con ilustraciones de Luís Claramunt, que le hemos pedido a la editorial Basarai y que mañana vamos a ir a buscar a Correos. Y dos propósitos: el primero empezar a ahorrar, ferozmente, para comprarnos algo, por poco que sea, de Luís Claramunt (Juana de Aizpuru seguramente sabrá entender nuestro espíritu y, a lo mejor, nuestra letra). Y lo digo muy en serio.

Lo segundo es echarle un rezo al Apóstol Santiago, al que le solíamos tener bastante devoción, para que Dios, la Conselleria de Cultura y alguno de aquellos habitantes de cerca del Pico Sacro que nos arrullaron bastantes noches con sus idas y venidas, le den al CGAC lo que por fin se merece. Cordura y buen sentido, que no es mucho pedir.

N.: La fotografía recoge parte de mi bagaje habitual y, en este caso, del madrileño de la mañana de la Casa de Campo, de la herrumbre y de un cierto desconsuelo. Un libro de Foujita que había comprado el día antes en La Central del Reina Sofía, la moleskine, cerrada, el pilot de tinta líquida, el blíster de Almax, masticable, el paquete de Camel, el reloj (Camel, también), las gafas, la cartera y parte de la mochila imitación Calvin Klein que en ese momento me parece que no guardaba nada. La foto, como otras que seguramente seguiré utilizando, con su permiso, es de Ethel Martí, fotógrafa fervorosa y espléndida compañera de viaje.

miércoles 18 de febrero de 2009

FORTUNA IMPERATRIX MUNDI


Da la sensación (me da la sensación) de que sólo me pongo a escribir en el mes de febrero y sobre todo después de ARCO. No es que ahora tenga muchas ganas (he tenido un día tremendo y se me ha hecho tarde) pero el tema me pone, el mes, febrero, me gusta, y es como si me hubiera matriculado para unas oposiciones y no me hubiera presentado al examen. Manolo Quintana me entiende y alguno (y alguna) más. De ésos que dicen que no leen pero que luego largan como cotorras.

Total, que me pongo a escribir porque estoy cansado y me sale el título (lo primero, siempre, es el título) y ahora resulta que me estoy acordando del pobre Antonio de Senillosa, que no tiene nada que ver con todo esto pero que siempre me pareció un tipo fantástico. El 23-F, lo contó después, cuando los tejeros les dejaron, por fin, sentarse aunque con las manos visibles (”esas manitas…”), don Antonio empezó a garrapatear unas notas en su cuaderno. Un guardicivil le miraba, avieso, e incluso le llegó a preguntar qué andaba escribiendo. Senillosa le dijo que “impresiones”. El guardiacivil torció el gesto y acarició el gatillo, seguro de sí mismo, pero ni miró el cuaderno de notas. “No son hombres de letras, claro”, apuntó el diputado, y siguió escribiendo. ¡Lo que daría por leer una de esas notas, si es que existen!.

Pues en los pasillos de la Feria de la Fortuna Variable me pasó algo parecido, dicho sea con todos los respetos y salvando absolutamente las distancias. Enormes. Andaba yo anotando vete a saber qué bobada sobre un dibujo de Torres García (luego lo taché y ahora no lo entiendo) y un empleado de la galería, no el dueño, me miró despectivo y no apretó el gatillo porque no tenía arma (visible) ni tampoco por qué. Vio que escribía, perfectamente, e incluso mi acreditación que ondeaba algo confusa entre la bufanda y el cuello del abrigo. Pero no puedo adivinar qué es lo que no le gustó: mi aspecto, mi bufanda (gris, bastante bonita) o mi moleskine sobada.

Estuve a punto de preguntarle el precio (luego los supe y no era para tanto) o la marca de su colonia o si realmente le molestaba, como al guarciacivil, la letra.

Tienen suerte los ágrafos. Con una sonrisa, un guiño o un arma bien puesta tienen bastante. Puta envidia.

martes 17 de febrero de 2009

THE TROPICAL STORM FAIR (MADRID)


La foto, bastante bonita, se la he robado junto al título a The Tropical Storm Beach Grill & Bar, un estupendo local de Hernando Beach, en Florida, cuya página vale la pena visitar (no se asusten de la música). El churrasco de la foto no lo es tanto pero seguro que vale la pena. Y las chicas. Y el camarero ése que sonríe de lado, el de los armani falsos, que seguro que te consigue lo que quieras (a sí mismo, por ejemplo).

La tropical store fair de Madrid, la Una, no la Otra, está que se sale. Luis Eduardo Cortés, el presidente del comité ejecutivo de Ifema, no la señora Fernández, ha declarado que todo ha ido estupendamente, que se ha vendido, que el año que viene la cosa invitada será la ciudad de Los Ángeles, no un país (¡válgame dios!), y que sobran galerías, que serán “muy estrictos, mucho más” (sic) y que el sol saldrá, seguramente, por Antequera, entre Hernando Beach y las marismas, al fondo a la izquierda.

Supongo que el señor Cortés querrá decir que las galerías de provincias seguirán en los rincones, que a las repescadas a última hora las meterán con cualquier calzador al lado del chiringuito de los cafés, que las damas (y los señores) de la Cruz Roja tendrán su mesa petitoria en un stand aún más grande y que les pondrán, además, un guardia con el casco de plumas y dos arriates de evónimos o a lo mejor un camelio enano, para adornar.

Pero de la moqueta ni palabra. De la señorita de voz aflautada del mostrador de prensa que era tan alto que ella parecía enana, además de incorrecta (y mártir), tampoco nada. Ni de la sensación de vacío, de falta, de sentido común, que ya lo dije ayer.

Todo esto no me divierte nada aunque cada uno es libre de hacer de su diversión un oficio, de su capa un sayo o de tripas corazón. A Álvaro Alcázar, con un stand estupendo, se lo perdono todo. Porque es el que más me gusta siempre: sus artistas, sus piezas (menos una, espantosa), sus flores (rosas rojas y liliums el viernes) y él mismo. A Soledad Lorenzo, también, porque además de un buen stand tiene buena pinta y siempre sonríe. A Elvira Mignoni no la vi, pero ya no me parece tan bien aunque me guste su galería. Pero esa cara de tragedia (de tragedia ramplona y pasada de moda) de Helena Tatay, ese cansancio parece que endémico de Norberto Dotor, esas ganas de no vender de Toni Tàpies, ese desasosiego de Ángel Samblacat y, por qué no decirlo, esa falda tan corta de Lola Moriarty, a sus años, son cosas que no puedo entender. Ni el cuadro verdoso de Hernández Pijoan ni la pieza de Cristina Iglesias (¿por qué siguen tan empeñados con ella?) ni los sauras trasnochados de Lelong ni ese plato de almejas de Barceló para el que no tengo palabras.

Mañana, si acontece, hablaré de lo memorable: el richard serra de Elvira, de doña Elvira, la escultura de Croft de Filomena Soares, preciosa (mejor que la de Helga, de doña Helga) o ese campano oscuro de Rafael Ortiz. Me gusta Campano. Me gusta mucho.

¿A que voy y ceno churrasco al son de Surai Surita, de mi amada Yma Súmac, la emperatriz de los Andes? ¿A que me sienta mal?.