
Hace dos noches se inauguró en el Museo de Arte Moderno de Tarragona la exposición de la fallecida artista suizo-barcelonesa Claude Collet, La recerca de la identitat, exposición en la que algo hemos tenido que ver aunque sea en su aspecto “mecánico”, digámoslo así. Y en ese trabajo me he topado con una artista para mí desconocida, brillante, tanteadora, que no escondía sus dudas pero sobre todo pintora-pintora, algo a lo que no solemos estar acostumbrados y que nos sigue sorprendiendo. Para bien y para mal.
En el acto de presentación dijo unas palabras Daniel Giralt-Miracle, al que le teníamos perdida la pista, o casi, y volví a sorprenderme con una defensa aferrada de la pintora, un canto a la figuración y un lamento por el olvido institucional de los pintores, de los buenos pintores de la posguerra catalana que han ido a parar, alguno de ellos, a oscuras salas de subastas o a ignotos almacenes de la periferia. Que no son malos sitios, según se mire, porque un día vas y los encuentras y entonces se produce el milagro (o el milagrito).
Giralt-Miracle se refería sobre todo al MACBA porque sí que se le ha hecho caso a la artista, en esta ocasión, desde un museo, pero las cosas quedan siempre desflecadas y en este país (porque esto “es” un país) si no estás en la colección de la Caixa-MACBA no eres nadie. Y aún así. Pero me gusta el MACBA, aunque no siempre, pero le haría falta una dosis, o varias, dos añitos, digamos, de alguien como un Juan Manuel Bonet a la catalana, que existe, para que desempolvara a raros y olvidados, revolviera en los almacenes del Ayuntamiento, de la Generalitat, de las Diputaciones, del MNAC, del mismo MACBA, en los desvanes de las viudas y de los herederos, en las trastiendas de los anticuarios y nos regalara de vez en cuando un ”Caneja” catalán, o un Ortiz Echagüe, que no voy a poner nombres para no molestar, y así revisar de vez en cuando el pasado oculto, lo que está a punto de morir sepultado y que, miren Ustedes por donde, a mí me parece que todavía brilla.
Todo esto viene a cuento porque estoy convencido de que hay que escribir los trocitos de historia con el mismo encanto con que alguno de nuestros artistas lo han pintado. Y si no encanto, entusiasmo. Y a lo mejor arrojo.
Últimamente estamos algo pasivos y no nos da por cantar mucho ni a nada. Pero esos enanos que no dejan crecer a sus contemporáneos hacen más: sepultan a sus muertos y, lo que es peor, borran el nombre de sus lápidas. En esta Arcadia, al final, no va a quedar ni dios.
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