
Ayer no volvimos a pensar en
Miquel Barceló (lagarto, lagarto) ni en
Juncosa ni en
Moratinos a pesar de que a
Fernando Castro Flórez se ve que el tema le pone. Y no está mal porque, a pesar de los pesares (que pesan, y bastante), se atreve a llamar “mezquino” y “caradura” al pintor y supongo que no son insultos. De todas formas esos asuntos me ponen de mal humor, no me gustan nada, odio que las mascaradas confundan a los lectores de los dominicales para que, al final, aspiren a comprar un
barceló falso como un duro mallorquín (en Mallorca creo que la ceca acabó con Fernando VII, más o menos)), a coleccionar despropósitos y a plantarse en Art Madrid con el ánimo dispuesto. Dicho sea con todos los respetos por esa feria, que habrá que verla (y este año con los ojos bien abiertos).
A lo que íbamos. Con un ánimo por lo menos aparente (lo de la disposición es algo más religioso) ayer nos propusimos venerar a Ródchenko en la estupenda exposición que le han montado los de Caixa Catalunya (Anton, tú que me lees y lo admites –no como otros- súbete a La Pedrera a verla, si es que no lo has hecho ya).
La exposición es más exacta que espléndida, pero es preciosa. Y hablaremos de ella este mes en
nuestro medio habitual si no se tuercen las cosas y el sábado me pongo a ello, Natalia, que también me lees y también lo admites.
Ayer llovía en Barcelona, poquito, pausado (suave, suave), los sándwiches de Mauri estaban buenos, como siempre, y el otoño se había rebelado un poco aunque no tanto como para ir a refugiarse en una librería. “Fuimos” de exposiciones, al quartier clásico que, la verdad, dura poco: Mayoral y sus treinta picassos, de los que solamente hubiéramos robado uno (el mejor si no el único de los treinta: un apunte cubista sobre cartón, pequeñito, precioso). Lo demás, dedicatorias, apuntes figurativos y algún que otro garabato. La luz bastante mala pero no se trataba de eso. Daba un poco igual.
Y luego la depresión. Mayoral abre antes y los demás a las cinco, por eso empezamos con él. Y después, ¿por qué no logro recordar el nombre de ninguno de los artistas excepto el de Gao Xingjian, porque no hay más remedio?. Lo peor es que no me gustó nada: ni Joan Prats, ni Taché, ni Toni Tàpies (¿pero se puede saber qué son esos pareos de Tere Recarens?) ni, desde luego, el premio nobel. ¿Por qué era todo tan feo?. Ni bueno ni tan siquiera malo. Aburrido a morir, blando, insulso (suave, suave).
La culpa no era del Ródchenko previo. Espero que no. Ni de la tarde gris ni de las obras del Paseo de Gracia ni de Miguel Ángel Moratinos (¿se llama Miguel Ángel o Manuel Ángel?). Ni siquiera del oscuro y patético asunto de la cúpula mallorquina. Me aburre la calle Consejo de Ciento y me estremece, ahora que lo pienso, ese aburrimiento. Me aburre el aburrimiento pero por lo menos me da para escribir. Tendré que pedirle a Álex Susanna que me contrate como groupie permanente de Caixa Catalunya.