domingo, 11 de marzo de 2007

ELOGIO DE JUANA MORDÓ



La galería Estiarte expone estos días en Madrid una amplia selección de la obra gráfica de Robert Motherwell. No hemos visto todavía la exposición pero Javier Montes le hizo ayer una crítica en ABCD bastante elegíaca aunque algo atropellada, y nos ha invitado a recorrer la muestra con algo más que con ganas. Repasa la obra del americano, su eclecticismo, sus adscripciones, su españolidad (su empeño histórico) y sus vaivenes, de los que la historia (la del Arte, por ejemplo) va a recordar únicamente los emblemas. A eso están condenados todos los que tendrán unas líneas de más, y otras de menos, en los manuales.

Pues uno de esos emblemas, uno de los espléndidos cuadros, enormes, de la dilatada serie de su Elegía a la República Española, que le hizo producir decenas de telas y de grabados durante gran parte de su vida, colgaba hace muchos años en la preciosa galería que Juana Mordó tenía en la calle Villanueva, en Madrid, limpia como una patena, reluciente como uno de los mejores interiores burgueses del barrio de Salamanca. Allí entramos, bastante ignorantes todavía (nunca dejaremos de serlo, por fortuna), con apenas veinte años. Y nos detuvimos ante el cuadro negro, con una bandera republicana insinuada, y nos acercamos al rótulo y leímos, efectivamente, el nombre del autor, que no nos decía nada, y el título del cuadro. Estaba en la primera pared de la derecha, solo, y me quedé petrificado durante un buen rato. Una señora de mediana edad, que mucho más tarde supe que era una de las dos Esperanzas, las asistentes de Juana, me sonrió y me volvió a sonreír y, al ver mi timidez y mi interés casi religioso, me llevó hacia una mesita baja y me invitó a consultar dos o tres catálogos del pintor. No supe qué decir porque acababa de descubrir el pasado, el presente y el futuro de la pintura de una vez, de golpe, tuve, como dicen los cursis, una epifanía, pero me olvidé de Zóbel, que me fascinaba desde hacía mucho, lo que son las cosas (a Juana también le gustaba), y luego descubrí a Millares, al cabo de un momento, y a Canogar y a Leopoldo Novoa del que Juana tenía dos cuadros blancos que tiempo después tuve en mis manos por casualidad. Descubrí la otra abstracción, o por lo menos a unos pintores cuyo desgarro o cuyo lirismo no tenían nada que ver con lo que conocía. Poco y sobre todo en los libros.

Eran malos tiempos, para qué insistir, y Juana no debía de estar en la galería y no llegué a hablar nunca con ella. La miré moverse, la espié, en su casa y en los enormes stands de los primeros arcos, la vi vender, la vi reírse, la vi besar a sus amigos, a sus clientes, a los pintores, diminuta, ágil, siempre de pié, atusándose de vez en cuando su peinado pasado de moda.

Creo que murió el mismo año del stand conjunto con Elisabeth Franck en ARCO, un stand estupendo que le dedicaron por entero a Lamazares y del que ya hemos hablado, cuando empezaba a barnizar mi ignorancia treintañera con más empeño y quería acariciar a los dioses y a los semidioses aunque sólo fuera con la mirada. Lo demás, lo que pasó después, básicamente me pone triste, pero no como el domingo pasado sino triste-violento, sección expresionismo abstracto español: ahora sigo teniendo a Juana Mordó en su columna estilítica (o en su altar neogótico), a Zóbel encerrado en el armario ropero, a Millares cerca de Motherwell pero en una esquina, a Canogar en el comedor, presidiendo algo, pero a Leopoldo Novoa, del que algún día tendremos que hablar, en el altar mayor. Porque somos así.

Y a los herederos de Juana, que les den.

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