
Javier Panera, el director del DA2, marcó la pauta, y de qué forma, y consiguió encandilarme con su manera de hacer, con sus gestos y con su encanto. Que lo tiene, y mucho, que sabe muy bien lo que hace y que no lo hace porque sí. Tiene un hermoso museo en las manos y junto a Rafael López Borrego guisan y dan de comer a esta jauría que muchas veces (yo mismo) habla por hablar y ni ven las exposiciones. Mea culpa, culpa pública y absolución improbable.
En la católica España casi nadie anda ya libre de pecado aunque Fernando Castro, beatus ille, se atempere en ABCD, se case con unos cuantos (la crítica de hoy de las exposiciones de Carlos León no tiene pérdida: ¡buscadla!) y dé de merendar pan con chocolate cuando nos tenía acostumbrados a bacalao al pil-pil y a gintonics al anochecer. Cosas de los tiempos, seguramente, que siempre son más aciagos de lo que nos merecemos.
Así pues vuelta a la soledad de uno, que como todo el mundo sabe es una soledad a medias. Media soledad, vamos. Pero, lo que son las cosas, me siento tan a gusto.