
He estado unos días en Zamora cumpliendo, seguramente, con mi deber. Me he paseado mucho pero he tenido que esperar hasta el Sábado Santo para que abrieran las tiendas, algunas (tres) preferidas y otras (dos) por preferir.
Entre las primeras está la librería Semuret, en la Rúa de los Notarios, algo complicada pero llena de recovecos, de novedades locales y de alguna sugerencia más. Y entre las nuevas apareció una librería pequeña, que no conocía, bautizada con el nombre del propietario, Miguel Núñez, y que está en la calle de la Amargura, en el ensanche, entre las dos avenidas, la de Requejo y la de las Tres Cruces. Entré a curiosear y me sorprendió el orden, escrupuloso, el aseo y hasta diría que la higiene.
En los anaqueles sin rotular en los que descansaban los libros de poemas apareció primero la reciente antología de Pedro Garfias, Alas del sur, en la preciosa edición de Renacimiento de Sevilla, tan pulcra, con esa tipografía años 20 en negro, gris y carmín, tan suave y tan intensa. Cantos a los milicianos del sur, a las Brigadas Internacionales, a Federico, llantos ya en Eaton, recién exiliado (“Pulsan las finas cuerdas del silencio / tus voces y los pájaros locuaces…”), recién desterrado como escribe el cronista.
Casi al lado estaba Claudio Rodríguez, con el Duero, su río Duradero, metido entre las páginas de la fundamental Poesía completa que editaron los Tusquets no hace tanto. No es una edición bonita (bonita como el Casi una leyenda, negro y dorado) ni está anotada, pero es cómoda y limpia pero sobre todo es imprescindible. Poemas que empiezan llenos de Duero y de frío y de nubes gallegas que después de Montamarta parece que se conviertan en proyectiles, esas mismas nubes que miré nada más salir y que me refrescaron la cara, me borraron alguna de las malas ideas, me hicieron, en fin, besar el santo.
Con los dos libros bajo el brazo bajo ese viento de primavera “a la vuelta/ de la esquina, al acecho, / en feraz merodeo”.