lunes, 12 de noviembre de 2007

BONJOUR, TRISTESSE



Más que triste estoy asustado. Antesdeayer, el sábado, después de cumplir con mis rituales post-proletarios de comprar la prensa (tres periódicos, tres), visitar a mi chacinera preferida, Rosa, comprarle las monjiles mandarinas a mi amiga Joana, con una sola ene, y tomarme un vermú, sin te ni hache final, con su marido, volví a casa, me arrellané delante del ordenador y pensé una vez más que el tiempo huye pero que, al fin y al cabo, a las penas puñaladas. No me serví otro vermú, me quedé con el que ya llevaba, y una nueva amiga (cercana al prodigio, prodigiosa) me dijo que iba a cocinar un estofado de albóndigas con sepia y alcachofas (¡y a lo mejor setas!) y que me invitaba a comer.

Suelo ser débil pero también bien educado. Por supuesto que acepté la invitación, compré vino (no de esta tierra porque a veces soy bastante mal nacido) y me estuve esperando un rato, apenas media hora, mirando los periódicos y sus suplementos. Cada sábado compro (¿por qué no voy a contarlo si esto es un blog?) La Vanguardia, ABC y El País. Lo primero que abro, lo confieso, es el suplemento ABCD. Y lo primero que miro son las páginas de arte. Y las hojeo y las ojeo, con hache y sin hache. Luego Babelia, y lo mismo, y voy separando el folleto de televisión de La Vanguardia y la revista de cotilleos de ABC. Uno va cerca de la televisión, en la cocina, y la otra al cuarto de baño.

El sábado pasado anoté en un papelito un título para un texto sobre arte o sobre sus tremendos cotilleos para este blog. Y hasta hoy. El título era Estamos envenenados y se refería a la respuesta que el crítico Alberto Ruiz de Samaniego daba a una opinión, larga, espléndida, del pintor Eduardo Arroyo sobre la feria de arte ARCO, sobre sus intríngulis, sobre sus desavenencias y sobre todo sobre sus errores. No voy a linkar nada porque no hace falta.

También, y precisamente en ABC, venía una farragosa crónica sobre los presuntos daños al Guernica que se han cometido (¿acometido?) en un reciente traslado. En fin. Todo esto me pareció, antes de la sepia con albóndigas, una barbaridad.

Después del espléndido estofado, de la mesura en las cantidades (de la desmesura), de la salsa perfecta, básica, sedimental, oscura, estremecedora, la verdad es que no me olvidé pero pospuse al crítico enfadado, al traslado del Guernica, a la feria de arte, a sus pompas y a sus circunstancias.

Hace un rato, dos días después, don Alberto Ruiz de Samaniego, al que no conozco, me ha contestado a un post antiguo con un enfado, una desmesura y una falta de educación bastante notables. Y no le estoy llamando maleducado, Dios y San Juan Bautista de La Salle nos asistan, nos escuchen y nos protejan. Pero no puedo entender su enfado crónico ni en ABCD ni en mi humilde blog.

Normalmente solemos escribir todo esto por una especie (conocida) de narcisismo pero siempre, por lo menos en mi caso, con una fuerte dosis de emoción. Si no, hace rato que estaría viendo C.S.I.


P.S.:

I. Por una vez, y sin que sirva de precedente, el presente texto va a publicarse en ambos blogs que, como quiere el título de uno de ellos, pertenece a ambos siglos, el irónico ya vivido y el irónico por vivir. Y que el dios de la cordura y del buen estilo lo vea.

II. La ilustración es demasiado evidente pero qué le vamos a hacer, nos gustan Deborah Kerr y Jean Seberg tanto como Françoise Sagan, señor Ruiz de Samaniego, y hemos controlado, y mucho, la eses y la erres. Con mucho cuidado.

jueves, 1 de noviembre de 2007

HABILIDADES DE LIDERAZGO



Hace días que la página del Museo Nacional Reina Sofía ostenta en la portada las bases o las condiciones o la propuesta o la invocación o la provocación o el señuelo o el anuncio de la “Convocatoria del concurso internacional para la provisión del puesto de director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía” (sic) “en adelante” MNCARS.

No sabemos cuán adelante nos puede hacer llegar a nuestro Museo, o por lo menos conducir, el próximo director pero tenemos la moral bien alta, la fe inquebrantable, la esperanza intacta y estamos seguros de que no vamos a tener que echar mano de la caridad.

Pero tenemos una duda, señor Ministro, señor Poeta. En el apartado III, que habla de los “Requisitos y méritos de los candidatos” y en el subtítulo e) no se sugiere sino que parece que se exige “Acreditar habilidades de liderazgo, así como dotes para la comunicación y negociación, etc.” Esas habilidades, tantas veces tan sospechosas, se pueden tener, desde luego, e incluso se pueden demostrar. El señor Ministro-Poeta ha demostrado, y bien a la vista de las cámaras de televisión, otras muchas habilidades que no sabemos bien si serían apreciables curricularmente (seguramente sí, tal como están las cosas) pero que por lo menos mueven a discusión y no pasan desapercibidas. Lo que realmente no sabemos es cómo se pueden documentar: ¿ha de haberse editado un manual? ¿poseer un título en una competición deportiva? ¿saberse de memoria los 27 puntos de Falange? ¿o saber recitar de carrerilla el Libro Rojo?. Pero, si así fuera, ¿cómo se puede acreditar?: ¿un documento del padre, madre o tutor, un carta conjunta de los vecinos, una adhesión inquebrantable de los compañeros de colegio, una nota autógrafa del párroco, un volante del Instituto Nacional de la Seguridad Social?

Difícil se lo ponen al candidato/a. Y espero ansioso que, una vez adjudicada la plaza, se filtren los documentos aportados, como sea. Tengo que aprender. Y mucho.

miércoles, 31 de octubre de 2007

ADRIANA LECOUVREUR



Para acabar el mes como es debido, en un salón de la Comédie Française, por ejemplo, como en el primer acto de Adriana, vamos a guardar un silencio cauto hasta que tengamos una buena noticia. El artículo de hoy de Bea Espejo en el suplemento Culturas de La Vanguardia sobre Ignasi Aballí no es una noticia. Ni buena ni mala. El silencio estructural después de dos o tres barbaridades en los espacios institucionales, tampoco. Que no haya noticias no quiere decir necesariamente que sean buenas noticias. Hasta que el silencio, espeso y ajeno, no se disipe, callados. Claro está (¿hasta mañana?).

domingo, 28 de octubre de 2007

¡AY DEL POBRE QUE TENGA QUE SER PROMOCIONADO!



Eduardo Arroyo nos regaló ayer en Babelia uno de los mejores si no el mejor artículo que se ha escrito sobre ARCO desde su creación, hace ya bastantes años. Eduardo Arroyo escribe bien y, como se suele decir, no pierde ripio. Porque ripiosas son algunas de las secuencias de la historia de la feria y rijosa, en la primera acepción del diccionario de la Academia, la secuencia final o prefinal, la conclusión a la que ha llegado el comité de selección y los chicos o las chicas de Lourdes Fernández, la actual directora ya no tan flamante. Flamígera parece, y lo es porque sí.

Porque la exclusión, por decirlo de una forma elegante, de ¿24?, ¿48? galerías españolas, muchas de ellas con una profesionalidad a prueba de años y de dineros, es el peor y el mayor ejercicio de papanatismo, de falta de pudor y lo que es peor, de falta de vergüenza. Arroyo no lo dice así, pero casi, pero esto es un blog que lee muy poca gente y que me sirve si no para comunicarme, que a lo mejor, sí para verter por escrito el lamento por la tradicional estrechez de miras de esos presuntos profesionales de la moqueta gris, adictos al uniforme negro, a la emergencia, a la subvención y al cotilleo.

Hay que leer el artículo de Arroyo, y darle la razón. Desde su opinión, larga, afilada, sobre el pobre Alberto Ruiz de Samaniego, al que deja descabezado (maltrecho ya lo estaba desde la inauguración de la Bienal de Venecia) hasta la revisión del pasado tortuoso de la feria tantos años en manos de Rosina Gómez de Baeza (“aquella malísima gestión”) y de “sus potentes y temidas asesoras talibanas” con las que no es cruel porque sí, con las trufas, amargas, de anécdotas sangrantes, llega a una solución memorable al solicitar dos comités distintos, uno para el pabellón histórico, al que no llama así, y otro para “el otro”.

El pintor escribe bien, muy bien, pero deja sin embargo a varios títeres sin descabezar. Supongo que ya lo harán los otros y que todo esto no quedará como siempre en una charla apresurada en los corrillos, en las inauguraciones del Reina, en las reboticas de las galerías, en los estudios de los pintores. Porque al final, sin embargo, sigue quedando ese rumor de calamares fritos, esa azafata con un zapato puesto y otro quitado, esa ruina moral del galerista honrado al que le ha vuelto a entrar frío de repente, después de haber pagado tantas facturas, de haber hecho antesala ante un jefe de servicio de artes plásticas de su gobierno autónomo, de haber mendigado unos metros más, un pasillo decente, una mirada menos oblicua del carpintero que le ha vuelto a clavar, después de tantos años, una alcayata en medio de la pared inmaculada.

domingo, 14 de octubre de 2007

HERRUMBROSAS LANZAS




Antonio Murado es un pintor (literario) que siempre nos ha gustado. No conozco demasiado bien sus últimas obras pero, al verlas reproducidas, me vuelve ese regusto pastoso y bien elaborado, entre la emotividad y la elegancia, con el que construye sus hermosos cuadros. Antonio Murado es un artista elegante, culto, buen pintor y cuidadoso. A lo mejor demasiado porque los que necesitamos (yo me incluyo, humildemente) un apoyo literario lo solemos (lo suelen) hacer con cuidado. Con cuidado de que no se note, a lo mejor, o con cautela. Pero eso tampoco está tan mal.

Lo que no puedo entender en absoluto (siempre parece que me estoy quejando) es el poema que le dedicó ayer y con un título tan dramático Alberto Ruiz de Samaniego al pintor en su presunta crítica en ABCD. Y digo presunta porque tras esa larguísima loa a la herrumbre y a los cenagales, tras ese requiebro benetiano el crítico, que otras veces ha firmado cosas muy legibles, se hace un lío, una maraña, una helada vaporación, una escena wagneriana, y empieza con Pound y termina con Elliot y, a pesar de que he leído el texto dos veces (¡valor!), no he sido capaz de desenredar el entuerto, de pulir ni las lanzas ni las picas ni las alabardas, ni de adivinar el paisaje, el edificio, el pétalo o la redención.

Lo que de verdad no puedo entender es qué falta le hacen ni Pound ni Elliot a Antonio Murado. ¡Si hubiera sido Leopardi!

lunes, 8 de octubre de 2007

PALABRA DE BOY SCOUT



Nunca fui boy scout y tampoco aficionado al excursionismo. El plein air que a duras penas me imponían mis padres solía empezar a las nueve de la mañana y terminar a las dos de la tarde de los domingos infantiles con poca convicción por mi parte pero sin ninguna queja. Pero admiro a los excursionistas con complejos, como Perejaume, y a los que no los tienen (o eso nos parece) como Hamish Fulton.

El otro día nos quedamos con un pié en el estribo de la exposición La Imatge de l’Animal y con su catálogo. Hemos repasado el catálogo, de pies a cabeza, hemos leído (o vuelto a leer, no lo sé bien) casi todos los textos pero sobre todo el profesoral de don Julio Caro Baroja, tan entretenido y tan entendedor, el magnífico, sorprendente y brillantísimo de Joan Perucho, Breu fabulari d’animals marins (Breve fabulario de animales marinos), del que ya hablaremos más extensamente en otra ocasión y también, y especialmente, el de Juan Muñoz, Els primers/Els darrers (Los primeros/Los últimos) traducido al catalán porque es el idioma del catálogo que manejamos.

Hacía un rato que nos habíamos atrevido, algo atragantados de antemano, con el artículo que Babelia le publicó el sábado a Perejaume, Luz y estiércol, dentro de un monográfico bastante aceptable titulado Viaje a la cultura catalana y editado con motivo de la presencia de la edición catalana en la Feria del Libro de Frankfurt.

No hace mucha falta leer el texto que parece que acompaña la intervención de Perejaume en la Feria, un vídeo con la imagen de una bandera ondeante con la leyenda “Paraula” (“Palabra”) impresa proyectado en una pantalla de 5x7 metros, que también parece que apadrine, mezquina y brossianamente el aterrizaje catalán pero que seguramente no pretende nada (decimos “mezquino” por el apropiacionismo feroz de Perejeume y “brossiano”, claro está, porque no se trata ni de un homenaje a Brossa).

La cuestión es que no pudimos menos que comparar los dos textos, el de Juan Muñoz, brillante, enjuto, tenso y lleno de ideas, lleno de ideas para contar, y el del de Sant Pol de Mar, banal desde el título, apagado desde el primer párrafo, fatuo desde el segundo, desmadejado, blando y sin ninguna idea. Y desde luego sin ninguna idea para contar. La mejor frase, destacada en negrita, reza que “el barroco catalán no es un barroco emergente, sino un barroco sumergido”. ¡Toma ya!. Y luego se atreve a pasar revista al arte catalán desde La Masía de Miró hasta los “brutales grafismos” (sic) de Tàpies, a comparar las lámparas del arquitecto Jujol (preciosas, de todas formas) con "la guitarra cubista" de Picasso (¿qué guitarra, cual de ellas?) o a hacer una auténtica ensalada con Josep Carner, Joaquim Mir y Joan Amades.

Juan Muñoz, uno de los diez artistas españoles más interesantes del último siglo XX, habló de los pintores de 1984 con rapidez pero con precisión, con sentido común y con desparpajo. No puedo entender, de verdad que no puedo entender que veintitrés años después en uno de los suplementos de cultura más leídos en español quepa semejante despropósito. Podían haberle dado cualquier otro tema a Perejaume: ¿la historia del excursionismo catalán en la década de los setenta?. Seguramente hubiera puesto una pica en el Montseny con la palabra “excursió” (“excursión”) ondeando en un gallardete. Madonna!

N.B.
: La ilustración corresponde al bellísimo cuadro de Víctor Mira titulado Impropmptu, óleo s./tela. 50x40 cm., 1988. El copyright pertenece a la Zellermayer Gallery, de Berlín.

jueves, 4 de octubre de 2007

NATURAL HISTORY



Como parte de mis ejercicios nocturnos de ascesis y en un alarde de humildad y a la vez de sentido de la realidad, me he puesto a rebuscar un poco, tan sólo diez minutos, en la sección 1980s de mis pobres anaqueles. Y he escogido un par de libros y varios catálogos. He cargado con ellos (los libros de arte están en el piso de arriba, en el taller) y desde hace un rato me estoy entreteniendo con el pretérito y emérito catálogo de la exposición La Imatge de l’Animal, con esas mayúsculas ahora tan irreverentes.

El catálogo, es sabido, corresponde a la exposición que comisariaron Juan Muñoz y Josep Miquel García (¿qué ha sido de Josep Miquel García, que era tan encantador?) en 1984 para la Obra Social de la Caixa de Barcelona de entonces.

Nos lo hemos pasado bien. Mañana, si estamos más descansados, hablaremos un poco más de todo eso: comisarios, artistas, catálogo, textos y, desde luego, de la exposición, que tanto nos gustó entonces, tan salvajes y tan bien educados.

lunes, 1 de octubre de 2007

CONVERSATION PIECE (COTILLEOS)



Acabo de recibir un mail con la lista “definitiva” de las galerías españolas excluidas de la próxima edición de ARCO. La semana pasada estuvimos hablando bastante de todo eso pero a estas horas (y a estas alturas) la lista no hace más que confirmar nuestras sospechas: se han equivocado otra vez.

Porque se trata, precisamente, de esquilmar. Y eso es lo que trasciende, desgraciadamente y, a veces, lo único que trasciende. No sé si los periodistas le van a dar bombo al asunto, de momento. Depende de lo que se muevan Cuevas o los Gómez-Acebo, aunque poco pueden hacer. Pero me parece espantoso que un comité con complejos prescinda de veintiuna galerías españolas con pasado, con un buen dossier, con miles de temporadas históricas y con bastante salero porque hay que ensanchar horizontes.

Lo peor (y todo esto me lo estoy diciendo a mí mismo) es que la historia se repite y que la memoria se ignora. Todavía quedan complejos con los vecinos e incluso con los parientes. Y ARCO debería de ser ya, de una vez, una feria de arte contemporáneo y no un patio galdosiano perfumado de garbanzos y chorizo y aderezado con los gritos de la portera.

La pobre Evelyn Botella no ha dicho gran cosa, ni la dirá, pero la siguen queriendo en Colonia y la llaman de tú en Basilea y, además, es una señora. A Nieves Fernández le tienen manía desde hace siglos, a lo mejor porque era la única que ponía un ramo de lilas sobre la mesa, cuidando de no tapar un tàpies esplendoroso y para hacer compañía a una terracota de Chillida. Adolfo Sobrino se ha partido el alma, y lo sigue haciendo, desde su tierra y cuando aterriza en Madrid, le echa arrojo y valentía y no pierde la sonrisa. Manuel Ojeda lleva siglos enseñando cuadros espléndidos (¿alguien se acuerda de un teixidor amarillo de hace más de quince años, que iluminaba todo un pasillo, siempre en el fondo?). Y los altxerris, tan pulcros, tan cuidadosos, tan buenos galeristas.

Todos ellos, y algunos más, se han seguido gastando los cuartos, haciendo de tripas corazón y echando su cuarto a espadas durante muchos años. Unos más que otros pero esto no se trata de un ranking ni de cualquier estupidez parecida.

Lo que no entiendo es con qué cara van a mirarlos sus presuntos colegas cuando paseen ante sus stands, si es que lo hacen, cuando visiten sus galerías, si es que se atreven, o cuando quieran hacer algún negocio juntos, si es que, en fin, tienen la desfachatez. Porque no se trata de dinero, aunque así lo crea Evelyn, sino de cortedad de miras. De poco estilo, de malas formas, de ordinariez, vamos.

Si en el próximo ARCO veo a alguno de los resistentes, de esos que siguen y seguirán condenados a los pasillos oscuros, los “F” o “G” o “H” o como quiera que se llamen, sin muchas arrugas en su traje de siempre y sonriendo, les voy a decir algo.

O a lo mejor no.

sábado, 29 de septiembre de 2007

NEUTRA BATALLA



El martes pasado estuvimos, tal como habíamos previsto, en el CGAC compostelano para ver, entre otras cosas, la exposición A batalla dos xéneros que ha comisariado Juan Vicente Aliaga. Íbamos sin prejuicios, informados por el artículo del propio comisario y la crítica de Ángela Molina del sábado anterior en Babelia (que no están en la red), un poco expectantes para ver en vivo los documentos o las fotos de Ana Mendieta, de Cindy Sherman o de Tracey Moffatt, y para atravesar la tesis de Aliaga. Para pasar a su través, vamos.

Pero nos quedamos con las ganas. El CGAC sigue siendo un edificio excelente, en un entorno espléndido, acuñado a la perfección (en cuña), pero parece que semejante continente, algo naval como muchos de los museos españoles de arte contemporáneo, viene soportando desde la nueva dirección una sensación de sopor apabullante. Insoportable. Y todavía no estamos hablando de la exposición.

Manuel Olveira, el director actual, arrastra una especie de pesadumbre desde hace más de una temporada. La arrastra pero parece que no la soporta. Fueron controvertidas pero con destellos (con sus sombras y sus brillos) las anteriores direcciones del Centro de la mano, de ambas, de Gloria Moure, primero, y de Miguel Fernández-Cid después, profesionales conocidos y reconocidos que echaron a andar la nave con bastante cuidado, con no demasiado ruido pero con algunas nueces de por medio (y seguimos con el refranero).

Pero “la nave non va”. La nave, el Centro Gallego de Arte Contemporáneo, viaja por un riachuelo parece que sin nombre (el riachuelo), con un patrón no lo bastante adiestrado y con un rumbo incierto. Pero sobre todo, y eso es lo que se huele in situ, lo que sospechábamos pero lo que al fin hemos podido incluso paladear, es una sensación de ausencia, de ausencia de dirección, de trazado, de línea expositiva, de capacidad de convocatoria y de eco, no ya internacional e incluso nacional, sino regional, de zona. El CGAC no es que haya dejado de ser el museo de Galicia pero de seguir así poco le falta.

Hace ya bastante tiempo nos habíamos peleado (unos cuantos y yo, ellos en su casa, yo en casa ajena) por consolidar no ya una concurrencia sino por lo menos una credibilidad para el arte contemporáneo en Galicia. Fueron momentos muy duros. Sin un museo de referencia, sin una facultad de bellas artes en toda la Comunidad, con dos galerías y media entre La Coruña, Santiago y Vigo y con la Xunta cerca pero nada más. Cerquita. Han pasado muchas cosas desde entonces y las he vivido como espectador, gracias a Dios, pero desde que se inauguró la facultad de Pontevedra o se puso la primera piedra del CGAC han pasado las suficientes como para que el buque insignia lo fuera (lo sea) ya para siempre. El IVAM está que se cae (en más de un sentido) el Domus de Salamanca (nunca sé si es Domus, Damos o Dimos) ha dejado de contar y el Reina Sofía navega a contrapelo. Pero navegan (lo de Salamanca no sé), dan que hablar y siempre parece que están a punto de recuperarse. Y seguramente lo van a hacer. Con complejos, pero bueno.

En Compostela hemos olido el aburrimiento. Y no la frialdad porque el museo es cálido e incluso amable. Nos hemos impregnado de apatía y de sosez. La librería huele a calamares fritos, los catálogos están sobados y desordenados, nada indica dónde comienza la exposición, ni su recorrido, está colgada con bastante barullo, hay que doblar el espinazo más de lo debido para leer los rótulos y desde el Last Supper de Mary Beth Edelson hasta la última pieza, que no se sabe cual es, la indecisión del espectador es absoluta. Y así es imposible entrar ni en la tesis de Aliaga ni en las observaciones de la Molina ni en nada. A descubrir fuimos, como en un juego infantil, dónde estaba la foto de Ana Mendieta o la pieza de Louise Bourgeois o qué pasaba con Marina Abramovic en 1974 o mira, qué divertido queda eso ahí.

Lo siento por el profesor Aliaga y por las feministas. Ni batalla ni géneros en un barco varado en la desidia.

N.B.: La ilustración, que es la mejor que hemos encontrado, pertenece a la obra citada de Mary Beth Edelson, Some Living American Women Artists/Last Supper, offset s./papel, 62x132 cm, 1971 (o 1972), y está extraída de Norma Broude y Mary P. Garrard, The Power of Feminist Art: The American Movement of the 1970s, History and Impact, New York, Harry N. Abrams, Inc., 1994.

domingo, 23 de septiembre de 2007

ESE VUELO ESPIRITUAL



El suplemento Babelia de ayer y bajo el epígrafe de Arte y feminismo publica una muy buena entrevista que Fietta Jarque le hace a Paula Rego, la pintora portuguesa de la que el miércoles se inauguran una gran retrospectiva en el MNCARS y una exposición de dibujos en la Marlborough madrileña.

La entrevista tiene su aquél, que es como no decir nada, pero lo tiene. El epígrafe bajo el que los babelios la colocan pues sí, está bien, como la exposición que Juan Vicente Aliaga ha comisariado para el CGAC compostelano, La batalla de los géneros, que seguramente vamos a ver mañana o pasado. Pero eso no es lo que nos interesa. No es lo único que nos interesa, seamos prudentes, porque son otros los que ya hablan de esas tendencias o de esas militancias. Lo mejor que nos cuenta Paula Rego, la mejor respuesta a la pregunta sobre sus “ciclos pictóricos”, es que “nunca he hecho nada abstracto, sin ojos ni boca, quizás porque no tengo ese vuelo espiritual”. Fantástico sutil, exacto y tremendamente delicado.

La pintora figurativa, diríamos que inmensamente figurativa, compañera de viaje de Arshille Gorky o de Balthus, termina con una casi declaración de principios que, por qué no decirlo, nos ha conmovido: “Lo que hago es dibujar las cosas que veo. No me gusta considerarlo arte. El arte es algo distinto. Si me acerco al arte, cambio de rumbo”. La pintora llega a su estudio cada mañana en autobús. Y mira alrededor. A lo mejor eso es todo.

viernes, 7 de septiembre de 2007

LOS PUNTOS (Y LAS LÍNEAS) SOBRE EL PLANO



Tengo tendencia a obsesionarme con algunas cosas. Menos que con las personas, pero en cambio me gusta darle vueltas (a las personas) hasta que me las quito de encima. Miro alrededor, las observo, las sufro y entonces ataco. Suavemente. Sin martirios innecesarios y sin violencia, desde luego.

Habíamos quedado hace un rato en que nuestro ministro de cultura, el César de los Pocos Ingenios, es un poeta mediocre. Escribe, de lo que me he entretenido en leer y bien que lo he padecido, sin ton ni son. Precisamente. Y sobre todo sin son.

Vasili Kandinsky, al que siempre acudimos como a Schönberg o a Scarlatti cuando nos acecha una duda (me refiero a una duda fundamental), escribía entre Weimar y Dessau, hacia 1925, sobre las relaciones entre poesía, pintura y música:

“(…) el arte abstracto” (la poesía, la pintura y la música) “necesita de una forma más precisa que el ate figurativo, con respecto al cual la forma es frecuentemente de importancia secundaria. Me he referido a la misma diferencia cuando hablé del punto. El punto es ----- silencio.”

La cita es bella y por supuesto que debería de ser mucho más larga. De lo que estamos seguros es de que es muy adecuada para nuestro poeta-ministro, nuestro César Ya Hemos Dicho (que) Con Poco Ingenio. Aunque, a lo mejor en un arrebato, el ministro sea capaz de escribir que “mi mano está sobre el desnudo papel de la mesa” o que “el poema y tú estáis en la otra orilla” y que ella (suponemos que la amada o, por lo menos, la deseada) sea “jaula y cebo”, estamos convencidos de que su capacidad de abstracción no tiene límites. Y no se trata de una broma. El límite, como el punto de Kandinsky, señor ministro, es el silencio.

LA SOLEDAD DEL CÉSAR




No nos gusta nuestro ministro vocinglero, César Antonio Molina, ni su programa (su programa a medias) ni su aspecto ni sus maneras ni siquiera sus poemas. No nos gusta nada.

Hace pocos días, a raíz de la dimisión y el posterior encontronazo de Molina con Rosa Regás, de la cierta imprudencia de la una pero de la salida de tono y los deleznables gestos del otro, le preguntábamos a un amigo que cómo se podía decir (cómo podía haber escrito El César) que está “insepulto en la pira de los astros” y a la vez ser ministro de cultura.

En la tarde de ayer, entre café con sacarina y botellita de agua mineral, la directora del Reina Sofía, Ana Martínez de Aguilar, presentó su dimisión al César horas antes (hoy mismo) de que en el Consejo de Ministros se empezara a debatir el código de buenas prácticas de los museos y el plan de modernización de las instituciones culturales, plan que afecta sobre todo al Reina Sofía y a la Biblioteca Nacional. El primero se trata de un documento orientativo ya aprobado en diciembre de 2006 y el segundo se encuentra en proceso de redacción, si no nos engañan los periodistas, que a lo mejor sí.

Las granadas de mano, una vez se les quita la espoleta, estallan. Tardan un poco (eso he visto en las películas) pero no tanto. A ese César probablemente no hay que darle nada. Ni un minuto. Porque le estallan sus cargos en sus propias manos. Lo peor es que no se le pueda dar, ya, credibilidad. Flaco favor a la izquierda ilustrada para regocijo de esos necios que siguen confundiendo valor y precio.

miércoles, 29 de agosto de 2007

L'ABANDON



Abandonado te tengo, Sebastián. Procuraré enmendarme.

martes, 7 de agosto de 2007

TOTUS PULCHRUS, JUAN MANUEL



Hay vicios irreprimibles que solemos convertir en costumbre más que nada para dulcificarlos, para hacerlos más llevaderos y, sobre todo, para disimular. Vicios hasta cierto punto condenables, casi siempre criticables pero con un cierto tufo a propósito de enmienda cada vez que hablamos de ello. Tufillo.

Leer los artículos de Juan Manuel de Prada sería uno de ellos. Y me atrevo a confesarlo porque hace tiempo que quería hablar de él y no tenía excusa suficiente. ¿Juan Manuel o José Manuel?.

En fin. El escritor, hijo de una hermosa ciudad que parece que no se atreva a llamar por su nombre, Zamora, y que la enmascara, siempre, con un requiebro semicultural y bastante pacato como “la Ciudad levítica”, algo bíblico de más, suele presumir de descreído. Que es algo que ya no suele estar de moda cuando reforzar e incluso defender las convicciones es algo más que un deber. Un deber de escritor. El escritor descreído (¿José Manuel o Juan Manuel?) publica habitualmente en ABC unos artículos algo confusos que no se suelen entender hasta el segundo párrafo, incluso un poco más lejos. Y se gasta un castellano amadrileñado que baraja (y confunde) a Ramón Gómez de la Serna con César González Ruano y seguro que les llama, familiarmente, “Ramón” y “Ruano”, como si todavía estuvieran tomando café en el Gijón mientras garabateaban un artículo en unas cuartillas de la casa después de haber pedido “el recado de escribir”. Y como si él mismo, el escritor descreído, estuviera en la mesa de al lado.

Juan Manuel o José Manuel se suele hacer un lío, sobre todo los sábados, que es cuando le leemos. La semana pasada volvió a presumir de descreído y se largó con una perorata inimaginable en ABC (¿pero qué está pasando en ABC?) contra los museos, ni más ni menos, y al principio nos asustamos. Sobre todo cuando todo el mundo ha decidido que el museo es el templo moderno y no cabe discusión. Ni falta.

Resulta que José-Juan Manuel cree que los museos son “el producto rencoroso de una época en la que el arte perdió su razón de ser” y lo dice así, de repente, y aplaude a los surrealistas que confunde infantilmente con los futuristas cuando querían quemar los museos pero que duda (aunque no lo diga) ¡si era con “los visitantes” dentro!.

Todo esto porque seguramente ha pasado sus vacaciones en Florencia, o ha ido a dar una conferencia o a presidir un tribunal, y se ha quedado horrorizado con los turistas que hacen cola ante los museos mientras él, “el viajero”, se solaza en la capella Brancacci con los frescos de Masaccio y parece que en solitario. ¿Cuántos turistas o viajeros visitan la capella Brancacci desde el día de San Pedro hasta el día de Santa Rosa de Lima, a la sazón el 30 de agosto?. Seguramente sólo la visitan escritores españoles “de gira” y con la conciencia bien limpia por haberse permitido denostar a los museos, los otros, en un gesto tan pasado de moda que hasta da un poco de vergüenza.

Da igual. Los escritores españoles que cobran por sus artículos suelen tener poco sentido del humor. Y, en cambio, una especie de sentido del deber cultural que parece que sólo venga a cuento en España (los franceses son caso aparte). A Florencia, pues, sin mochila, con las miras bien altas (o bien bajas, según se mire) y el complejo de turista guardado bajo siete llaves en el Banco Zaragozano (o en el que te quede más cerca de casa).

miércoles, 1 de agosto de 2007

AGOSTADO



Odio especialmente la sensación de vacaciones con olor a frito, a pólvora y a sudor. Y no sólo la sensación sino la realidad del frito de calamares, de la pólvora de las fiestas en honor a la Santa Patrona y del sudor exhibido e incluso ostentado.

El reverso de ese odio no son unas vieiras inodoras napadas con una salsa mínima de algas iziqui y puerros hechos trizas ni el silencio de una parador nacional ni el aire acondicionado a veinticuatro grados. Ni mucho menos. La contraportada de mi diario veraniego la suelo firmar en solitario (estoy empezando a contar demasiadas cosas de mí mismo), en una ruta a contrapelo y recalando en cualquiera de los museos casi solitarios de los que sigo enamorado.

Tengo suerte. No hago nunca planes para mi tiempo libre (si es que alguna vez lo tengo) y me dejo llevar en brazos de compañías añejas de autobuses, la Hispano Igualadina, la Estellesa, Alsa (ya más moderna) y procuro pasar poco calor cuando me paro o, por lo menos, un calor antiguo. Agostado.

Y mientras Nicolas sigue en La Pedrera (y no va casi nadie a verlo), Hogarth en Caixa Forum, el pobre Vincent donde la baronesa y alguna barbaridad más desparramada más o menos por el litoral. No sé si lo contaremos cuando lo hayamos visto. A veces me da la sensación de que todo esto no sirve para nada. Ni para mí mismo. Pero me engaño y me subo en un autobús (yo no conduzco) y me planto donde sea para sentarme a la sombra de los museos en flor, que tampoco está tan mal.

lunes, 16 de julio de 2007

ALMADÉN DEL AZOGUE



Estaba esperando ayer, a la sombra de la muralla romana, a que me vinieran a recoger para ir a comer. Dominical gazpacho, festiva paella, calor del bueno aunque al final el calor fue casi lo mismo pero el gazpacho salmorejo. En fin.

Se me acercó un señor bajito, impoluto, camisa azul purísima de algodón, algo tiesa, pantalón navy blue y mocasines impecables. Negros.

El impoluto me asesta, oliendo a Agua Brava, repeinado.

-Usted debe de ser de aquí.
-Más o menos.
-¿Sabe de un bar donde tomar una cervecita?
-El de aquí al lado está cerrado. Son colombianos.
-Ya se sabe, en domingo…
-Pero tiene Usted otro a la vuelta.

Y no se inmutó, se pasó la mano por el pelo, escaso, y puso cara de chófer de autocar.

-Verá, es que soy chófer. Y falta mucho rato hasta que vuelvan los clientes.

“Clientes”, pensé, cómo cambian las cosas. Prefería cuando éramos viajeros, los sufridos y felices usuarios de autocar. Aunque usuarios eran más bien los de autobús, de línea, y por la denominación y los tiempos que corrían, con pocos derechos. Los justos.

-Pues vaya calor, continuó el chófer impoluto.
-Pues sí.
-Pero para calor el que hace en Extremadura.
-¿Qué me va Usted a decir?. Yo soy de origen extremeño.
-¿De qué parte?.
-De Mérida, provincia de Badajoz.
-Pues yo, no sé si Usted lo conoce… Soy de Almadén del Azogue, donde las minas de mercurio.

Y alzó el mentón. Y se le dibujó una sonrisa y lo revistió, en seguida, un aura de orgullo que le hizo relucir como el sol, perruno, contra los sillares romanos.

Si lo hubiera conocido Sandy Calder hubiera construido no una fuente sino un manantial de mercurio, en su honor y en el de todos los mineros de Almadén orgullosos de su origen y de su azogue.

viernes, 13 de julio de 2007

CARMEN & GEOFFREY



Carmen de Lavallade
y Geoffrey Holder en una escena de la reposición del musical en dos actos House of Flowers, con música de Harold Arlen y letras y guión de Truman Capote, basado en su novela homónima, estrenado en 1968 en el Theater de Lys (Off-Broadway) sin demasiado éxito.

Copyright de la fotografía: Werner J. Khun. Museum of the City of New York.

jueves, 12 de julio de 2007

BRIGITTE ET JEANNE



De deux choses l'une
Deux jambes ou deux yeux
C'est toujours par deux
Qu'on cherche fortune
Mais blondes ou brunes
A Paris font mieux
Une égale deux
Et deux n'en font qu'une


Ah! Les p’tites femmes de Paris. Letra de Jean Claude Carrière y Louis Malle. Música de Georges Deleure. De la película Viva María!, 1965.

domingo, 24 de junio de 2007

EL CORAZON BIENAL, EL ALMA EN VILO



Tremendo el párrafo final de la crítica, buena, directa, implacable de Ángela Molina sobre la Bienal de Venecia de Robert Storr ayer en “El País”:

“Con relación al pabellón español, nada que añada alegría y cordura a esta bienal. El trabajo -pretencioso, trivial- de Alberto Ruiz de Samaniego deja implícito que es necesario revisar el "protocolo" a la hora de escoger el comisario. Sophie Calle, posiblemente la artista más sobrevalorada de esta bienal, no se complicó la vida. Decidió seleccionar al comisario de su exposición en el pabellón francés a través de un anuncio en el periódico. De entre los que respondieron a la convocatoria, optó por el artista Daniel Buren. Una broma. En España lo echamos a suertes. O casi.”

Los subrayados son nuestros.

sábado, 23 de junio de 2007

JESÚS AGUIRRE



Duque de Alba consorte, afirmaba hace muchos años en una entrevista de “El País” (creo recordar), que cuando se levantaba de la siesta, en Liria o en el palacio de las Dueñas, se tomaba siempre un whiskie con zumo de naranja. Desde entonces le hemos imitado por tratarse de una costumbre higiénica, para hacer caso a un eclesiástico, cosa siempre recomendable en cuestiones mundanas y espirituales a la vez, y por aquello de que las pautas que marca la nobleza cultivada o las sigues hasta el fin de tus días o te olvidas de que las conoces.

La anterior noticia sobre Velázquez, Sevilla y Santa Rufina no afecta más que de soslayo a la Casa de Alba. Más o menos. Pero no ha estado mal seguir con la costumbre y, de paso, recordar.

UNA DUQUESA DE SEVILLA LO RECLAMA



Hay noticias que dan vergüenza, mucha vergüenza. Quizás porque están redactadas para eso, para fastidiar al pobre lector recién amanecido de la siesta, recién atardecido, y obligarle a ponerse al teclado. Maledetto sia l’aspetto / che m’arde, tristo me.

Alberto García Reyes ha sido el encargado de amenizar nuestro duermevela con una crónica publicada en la edición de ABC de hoy sobre la presentación del cuadro llamado Santa Rufina, atribuido a Diego Velázquez, en el Ayuntamiento de Sevilla y por gentileza de Sotheby’s, la casa de subastas encargada de su venta pública el 4 de julio.

La asociación Velázquez por Sevilla (que no entendemos por qué no se llama "Sevilla por Velázquez"), cuya presidencia de honor ostenta la duquesa de Alba, aboga, junto al alcalde y parte del Consistorio, por la compra del cuadro para formar parte, buque, insignia o, quizás, acorazado, del Museo de Bellas Arte sevillano. “Líder” de la sala del museo dedicada a Velázquez, ha dicho textualmente el señor alcalde, usando un término tan moderno.

Los problemas, graves, están en la autoría, presunta, confirmada, desmentida, vuelta a confirmar y desmentir, que envuelven al lienzo en esa peligrosa maraña que poco tiene de histórica y mucho de pretendidamente sentimental. Jonathan Brown, uno de los máximos especialistas internacionales de Velázquez y profesor del Institute of Fine Arts de Nueva York, la niega. Benito Navarrete, de la Universidad de Alcalá, la defiende. Y el señor alcalde se presenta en la Sala de Plenos con la pobre Cayetana Fitz-James cogida del brazo, vestida de antepasado suyo (de antepasada) y con un bolso de macramé. El cuadro, ligeramente inclinado sobre un caballete revestido con un damasco carmesí no demuestra nada en sí, ni falta que le hace, ni al cuadro, triste y precioso, ni, si se me apura, a la ciudad de Sevilla.

Pero el cronista se empeña: “Un sevillano lo pintó, una santa sevillana lo protagoniza y una duquesa sevillana lo reclama”. En esa especie de capilla ardiente que Sotheby’s, el alcalde Sánchez Monteseirín y la asociación de nombre inverso le han montado al cuadro de la Santa no van a faltar ni elogios ni silencios, como se merecen los actos funerarios. Y a lo mejor algún sevillano devoto, confuso y admirador de la causa le da “la cabezá” .

viernes, 15 de junio de 2007

NICOLAS



¡Atención, navegantes curiosos e impenitentes! La sala de exposiciones de Caixa Catalunya en La Pedrera del Paseo de Gracia expondrá desde el próximo día 19 y hasta el 24 de septiembre, festividad de la Santa Patrona, casi sesenta obras de uno de los pintores más inteligentes del siglo XX, Nicolas de Staël. Comisariada por Jean-Louis Prat, ex director de la Fondacion Maeght de Saint Paul de Vence, la muestra nos va a devolver todo su drama, todo su color (esos azules casi grises, el bermellón empastado a las bravas, el ocre amarillo porque sí) y sobre todo esa limpieza que algún desaprensivo ha tachado de decorativa. ¡Si Nicolas sacó sus colores del cuadro!

Viajad, viajad, hasta el mausoleo de Gaudí.

miércoles, 13 de junio de 2007

IGNASI ABALLÍ, EL COLMO DEL ABURRIMIENTO



Pues como buscar es el oficio añadido (el segundo oficio) de los blogueros, hemos buscado para no aburrirnos tanto. Y hemos encontrado una perla citada que volvemos a citar.

Ignasi Aballí ha sido seleccionado para la actual Bienal de Venecia por su comisario Robert Storr para el pabellón del Arsenale, y como artista internacional, junto a Miquel Barceló que representa ni más ni menos que ¡a África!. Nos lo podíamos pasar estupendamente hablando de eso pero preferimos ponernos pesados y entonces hemos buscado textos del primero, de Aballí, porque ya es sabido que por sus textos los conoceréis. La perla la recogió Mariano Navarro en diciembre de 2004, o sea que no hace tanto, en la absolutamente recomendable página de José Luis Brea, SalonKritik, que ya nos ha hecho algún caso.

El artista declaraba, textualmente: “La representación del tiempo y su huella, la manipulación del rastro que éste va dejando sobre todo lo que nos rodea, la simulación del envejecimiento, la inseparable relación entre realidad y apariencia; la posibilidad de modelar el tiempo entendiéndolo como algo corpóreo, y la reconsideración de términos como pasado y futuro, son algunas constantes a partir de las cuales he desarrollado determinados trabajos.”

Semejante cúmulo de lugares comunes, de problemas esenciales de la historia no ya de la pintura sino de las humanidades, por decir algo, el baudrillardismo sin sentido (¡cuánto daño ha hecho la palabra, que no ya el concepto, de simulacro!), la boutade tremenda de “modelar el tiempo” (supongo que de intentarlo) y, para qué insistir, la preocupación, a barullo, por el carpe diem que seguramente confunde con el beatus ille, nos ha producido más regocijo que cualquier fragmento de Donna Leon.

No le hemos seguido mucho la pista a Aballí, la verdad sea dicha, pero aún así nos lo solemos encontrar a menudo. La última vez aparecía medio escondido en el stand de la galería Estrany-de la Mota en la pasada feria Swab, de la que ya hablamos en su día. En una de las paredes del minúsculo espacio, y a lo mejor en una pared importante para los galeristas, colgaron unos papelitos con unos extraños signos (nos parece recordar) ejecutados con tinta (tinta-tinta) y tippex. Ni más ni menos. Como en los cuadros del MACBA pero más a lo loco. No sabemos lo que sería capaz de hacer Aballí con un ordenador. O a lo mejor sí. Porque, a tenor de sus preocupaciones temporales se vería obligado, como en el socorrido chiste de Lepe, a tachar nuestra crítica con tippex directamente en la pantalla. (Y mientras, Miquel Barceló poniéndose perdido de barro en las orillas del Níger).

domingo, 10 de junio de 2007

EL TECKEL DEL PINTOR FRANCES




Nos gustan los artistas que manipulan, que se afanan por poseer, por dominar, por mostrar con rotundidad desde sus logros hasta sus dudas, por enseñar desde sus conquistas hasta sus errores, sin ese pudor casi religioso que nos obliga a ser cronistas sin más, ¿por miedo?.

De Pablo Picasso se han dicho muchas cosas y algunas de ellas sin pudor de ninguna clase, ni religioso ni laico. Ayer compramos la edición española de Picasso & Lump, recién aparecida en las librerías casi un año más tarde que la edición inglesa. La historia de David Douglas Duncan, el fotógrafo eterno de Picasso, y su perro Lump aparece escrita y fotografiada espléndidamente por el americano en una especie de diario de a bordo, a veces secuenciado, de la llegada de ambos, fotógrafo y teckel, a La Californie desde Roma a lomos (y a bordo) del fantástico Mercedes 300 SL “Gullwing” (“Alas de gaviota”). Lump se enamoró en seguida de los jardines de la villa de Picasso y Jacqueline, se hizo amigo de Yan, el boxer, de la cabra Esmeralda y de la escultura de Esmeralda. Picasso se encariñó, Jacqueline se encariñó, Claude le mecía en su regazo, Paloma le miraba de reojo y de un salto y casi de un solo trazo pasó a tumbarse delante de la infanta Margarita en el primer cuadro de la serie de Las Meninas.

Lump sobrevivió a Picasso por unos días. Extranjeros ambos, al bávaro y al malagueño se les fue poniendo, secuencia tras secuencia y víctimas indoloras de la Leica de D.D.D., cara de franceses: ¡eran franceses!.

miércoles, 6 de junio de 2007

STRAWBERRY FIELDS FOREVER



La semana pasada estuvimos mareando de lo lindo a nuestros escasos lectores, en nuestro escondrijo culinario, con el aniversario de Sargent Pepper’s, víctimas, como solemos ser, de esos arrebatos de nostalgia que nos proporciona el atardecer (y más o menos dulcemente) y esclavos de una memoria que para qué vamos a renunciar a ella si es nuestra y además podemos compartirla.

John Lennon, Paul McCartney y Brian Epstein fueron fabricando durante todos los años 60 del pasado siglo un fragmento e incluso una tendencia de ese Pop del que luego se han dicho tantas tonterías, del que se ha escrito bastante pero revuelto y del que todavía hace falta una análisis completo que englobe música, literatura, artes plásticas, artes decorativas y moda, que no se aloje en las páginas de “cultura y espectáculos”, que se enhebre con la política y el pensamiento del momento y que se considere, en fin, un corpus que ha continuado arrastrando neos, que ha creado epígonos, contrarios, sucedáneos y malabarismos varios hasta hoy.

Estamos hablando del Pop de los años sesenta, del Pop estricto, fundacional (más o menos fundacional), rompedor y hasta cataclísmico. Strawberry fields o las primeras fotos serigrafiadas de Warhol son ese Pop. Y Oldenburg y sus hamburguesas de porex (aunque no les guste a muchos) y Dosis de Borroughs (tan penosamente traducido), tanto como las portadas de Vogue o de Harper’s Bazaar o las fotos de Salut les Copains o la tienda Biba de Abingdon Road. Que despojaron, o lo intentaron, al universo negro de los rockers, los expresionistas abstractos o a la nouvelle vague de esa oscuridad, precisamente, les añadieron color de repente, y lentejuelas y sexo explícito y ese nuevo aspecto que empezó con À bout de souffle y acabó con Let it be, entre octubre de 1959 y mayo de 1970, que no se trata de dos casualidades, precisamente, sino de una película instauradora y de un disco epilogar.

No nos criamos en esos campos de fresas porque todavía éramos pequeñitos, porque en nuestro país las cosas todavía tenían colores rancios y como deslavados, porque los niños leíamos a escondidas El amante de Lady Chaterley (really!) y nuestro mito pop podían ser el espantoso Daniel Vindel, de Cesta y Puntos, o los tremendos muñecos de Herta Frankel. Porque los niños (nosotros no, lo juro) todavía hacían la comunión vestidos de guardiacivil (y ellas de Scarlett O’Hara), los papás se dejaban el bigote a lo Alberto Closas y las mamás soñaban con ser María Luisa Merlo. Por lo menos.

Nuestros campos no eran de rosas, desde luego, pero tampoco de espinos. Pero hubo mucho que desbrozar antes de que nos diéramos cuenta de que el mundo no terminaba ni en Hendaya ni en Gibraltar y de que el Pop había ocupado durante casi diez años un anaquel en nuestras pobres cabecitas. Que hay que ordenar (y me lo propongo a partir de hoy mismo) y darle el rigor que se merece. Entre Hendaya y Gibraltar.

miércoles, 30 de mayo de 2007

+ PINTURA



A punto de inaugurarse la feria Loop en el hotel Catalonia Ramblas de Barcelona y cuando el festival en museos y galerías ya hace días que está en marcha, en pleno bucle videográfico, videaoartístico e incluso videodecorativo, nos vuelven a aparecer los cuadros de los que todavía no hemos hablado y que siguen colgados, impávidos, en su impoluta sala. Nos apetece, pues, rizar el rizo (to loop the loop).

Los cuadros de Wilhelm Sasnal llevan colgados desde hace tiempo y hasta el día doce de junio en la llamada sala Montcada de Caixaforum. Un nombre evocador, si cabe. En la sala antigua de la calle Montcada, la original, vimos hace trescientosmil años las primeras postales de Perejaume, aparatosamente colocadas en un expositor (un expositor de postales, giratorio), y conocimos a Perejaume y creo recordar que poco más. Aunque en ese espacio fuimos viendo cosas estupendas, cosas que luego ha habido que recordar y con algunas presencias, esporádicas, más que prometedoras y, ya entonces, espectaculares.

Pero el espacio de Caixaforum sigue siendo complicado. Hay que subir dos pisos o coger un ascensor para acceder a una sala tímida, oficinil, iluminada no se sabe cómo y de una frialdad que espanta: por lo pequeña, que no recóndita, por lo evidente, que no limpia. Aunque a lo mejor no es tan importante.

Ahí estaban los cuadros de Sasnal, la gran esperanza blanca de la nueva pintura polaca. Habíamos visto, reproducidos, alguna foto intervenida y algún cómic, todos estupendos, sobre todo alguna de las fotos. Pero hasta el otro día no nos enfrentamos (que es una manera de hablar) con los cuadros. En un silencio casi burocrático y con una guardesa uniformada que no pestañeaba, difícilmente aupada en un taburete negro un poco burdelesco (el taburete, no la actitud). Los cuadros nos gustaron, con un discurso que la comisaria del ciclo “Escenarios” al que pertenece la exposición, Silvia Sauquet, se empeña en que sea narrativo (no lo es) y ambiguo (eso habría que verlo). El discurso, que lo hay, es mucho más fotográfico, de “instantánea”, que narrativo. Y en absoluto literario. Incluso el cuadro está “poco pintado”, casi sin materia, y encuadrado pero recortado. La mayor parte de las veces. Y la ambigüedad y el tema “boy scout” pues está como de soslayo. Y no es importante. Se trataría de una serie, que no sabemos si es más amplia, de “instantáneas vividas” o algo así. Con pantalón corto pero nada más.

La cuestión es que el pintor, sin sorprendernos en absoluto, no mostró un lado amable de su vida pero tampoco el lado desgarrado ni mucho menos el “dark side”. Pintó porque le gusta, y eso se ve, y no porque sabe hacerlo, que también. La no-amabilidad está en la función, precisamente en la no-función del cuadro. Aunque Saatchi lo tenga (o lo tuviera) colgado sobre la chimenea, que seguramente que no, no funcionaría nunca. Se trata de páginas de un cuaderno aunque sean cuadros acabados y no apuntes. Cuadros para ver en serie, para recordar, pautas, vamos.

Más (+) pintura en tiempos de ira (desatada), de avaricia (sin contención) y de lujuria, poca y mal administrada.

martes, 22 de mayo de 2007

EL JUEGO DE LOS CABALLOS



Fernando Savater publicó en 1984 un hermoso libro titulado así, bella y cuidadosamente editado por El Observatorio Ediciones y dentro de su colección “La buenas lecturas”, así, entre comillas. Se trataba del primer volumen de esa colección a los que siguieron una novela corta de Fernando Díaz Plaja, un texto que nunca he logrado ver del meteorólogo Manuel Toharia, Meteorología popular, y otros textos sueltos, por decir algo, de Fernando Sánchez Dragó que parece ser que es quien inspiraba, apadrinaba o mantenía, y no sé si por ese orden, la colección.

El libro es bonito, con una tipografía muy pulcra, unas ilustraciones preciosas de José Hernández y Juan Carlos Savater y algunas fotografías en blanco y negro, peores, sobre derbys y carreras y paseos de los purasangres con las riendas tomadas por sus dueños y los jockeys sonriendo.

El autor dedica el libro, amorosamente, a su hermano José Antonio, “inmejorable compañero en todos los hipódromos”, y a su hijo Amador. Relata cordiales anécdotas, aristocráticos encuentros, saludos sociales, carreras memorables y, sobre todo, transpira muy elegante y cultamente, el amor por los caballos de carreras, por su culto, por su uso y su disfrute: como “una obra de arte”, como “un poema”.

El libro me lo regalaron Juan Cruz, el pintor, y su mujer Teresa un día de San Juan de 1994, en Vinaroz, tras una feroz y espléndida corrida de toros donde Enrique Ponce puso la plaza patas arriba, salió a hombros tras el sexto toro (el quinto fue excepcional), y mientras tanto merendamos una empanada de berberechos memorable y creo recordar que otra de bonito. Y vino de la zona, áspero y calentorro pero animador.

Esta tarde (o ayer) Fernando Savater se debe de haber olvidado de los caballos, de los “hipódromos mágicos”, de las bellas ediciones y hasta de James Joyce (“a dark horse riderless, bolth like a phantom past the winningspot…”). Ha vuelto a jugar con los pobres electores, que ya bastante teníamos encima. Y, además, para darle la razón a Eduardo Zaplana. Que hace falta tenerlas mal, pero que muy mal puestas. Las banderillas, las bridas o salva sea la parte.

jueves, 17 de mayo de 2007

LA NOCHE DE LOS MUSEOS (OSCURA, CON ANSIAS, EN AMORES INFLAMADA)



El padre José Vicente de la Eucaristía, O.C.D., afirmaba en su Introducción a las Obras Completas de San Juan de la Cruz (Roma, 1957) que el Santo basaba sus poemas, cartas y otros “billetes espirituales” en la práctica vivida, el magisterio oral y el magisterio escrito. La noche del próximo sábado día 19 se celebra en Europa, que nosotros sepamos, la llamada Noche de los Museos, una invención francesa que se hace coincidir, un día después y en sábado, con el Día de los Museos que se celebra mañana, día 18.

La nocturnidad siempre ha parecido alevosa, promiscua y mala compañera del discurso cultural. No como la poesía que parece que suele alcanzar sus más altas cotas por lo menos entre dos luces. Al arte antiguo, al no tanto y al contemporáneo parece que ahora le viene bien esa alevosía y esa cierta promiscuidad que los programadores culturales nos van a ofrecer durante unas cuantas horas y al ritmo de este calor recién estrenado. De noche es mentira que todos los gatos sean pardos como también lo es que haya que tener más cautela, por lo menos, que un carmelita. Las noches, se ha dicho, son propicias a la confidencia, al discurso lento, a la meditación. Pero también al desenfreno. Son propias para desatar pasiones o, por lo menos, para darles rienda suelta. Aunque sea un poco.

Hace un rato, cuando se me ocurrió el título de este post (tan fácil, tan recurrente) estaba tentado de hacer una especie de listado, que no de ranking, de museos amados y de museos odiados, de museos oscuros, de los ansiados e incluso de los inflamados por causa del amor (¿o soy yo el inflamado?), que resulta que sólo hay uno. Pero no. Lo de los listados, las etiquetas y todas esas aficiones bilbliotecomaníacas ya hace tiempo de las que me he curado. Supongo que por fortuna. Ahora no nos queda más que la memoria remota aderezada con la ironía (una pizca) y a lo mejor con la maledicencia (un suspiro) y este afán algo desmedido de más de escribir sobre lo que nos rodea: porque nos gusta el atardecer, que es cuando mejor se está, y porque nos sigue poniendo nerviosos según qué.

Pues según qué, el sábado nos vamos a acercar al MACBA, como si fuera en oración (“a oscuras y en celada”) porque todavía hay mucha gente que anda criticando al museo, a su proyecto, a su colección, a su dirección, a sus patronos, a sus exposiciones temporales y hasta a la azafatas o los lavabos. Hace años, bastantes ya, estuvo de moda en España criticar abiertamente al MACBA y, sobre todo, a Manuel Borja-Villel. Incluso en Barcelona. Con ese discurso patán y desinformado de que se trataba de un bello contenedor para un inexistente contenido, han tenido que pasar años para que el público, el milieu y sobre todo la crítica reconozcan que hay un proyecto muy serio, de los más serios de la Península (España y Portugal), una buena colección, mejorable, claro está, pero buena (y nada “incipiente”) y unas exposiciones temporales con peso. Y medida. Borja-Villel hace caso a los patronos, faltaría más, pero se sigue basando, como San Juan, en “la práctica vivida” y, por lo menos, en “el magisterio escrito”.

Hace unos días y en este mismo sitio criticamos la exposición de Pablo Palazuelo en el MACBA en clave personal. No nos arrepentimos. No nos pareció mal la exposición sino la circunstancia. Pero ese es otro asunto. Con los abstractos siempre tenemos problemas. Los geométricos nos preocupan, los líricos nos abruman (nos edulcoran, nos despistan) y los épicos, los desgarrados, nos dan miedo: pero ni Tàpies ni Millares ni Jordi Teixidor ni Xavier Grau, del que ya parece que no se acuerde nadie.

Al MACBA, pues, a ver atardecer, a intentar establecer un diálogo más o menos carmelita (hoy estoy irreverente) con ese templo y sin tiempo para repartirlo con otras debilidades locales: la Fundació Miró, en la que ya estuvimos el domingo pasado y ya lo conté en otro sitio, el Picasso o el tremendo Museu Tèxtil, la antigua colección Rocamora, en la que nuestra fantástica amiga Serra París tiene sentados sus reales, “también en soledad de amor herido”.

domingo, 13 de mayo de 2007

SWAB



Con menos prevención de la que era de esperar, con una cierta ilusión y con poquísimos prejuicios hemos visitado Swab, la novísima Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Barcelona que hoy cierra sus puertas en las Drassanes Reials, las Atarazanas, mojándose los pies, o casi, en el Mediterráneo interior de ese puerto tan extraño. Swab no es una palabra fácil porque en principio se puede referir a un tampón higiénico o incluso a un frotis (vaginal o no). Pero parece que los tiros no van (no deberían) ir por ahí y el nombre queda ligado simplemente a la limpieza.

Pues eso. Creada por los arquitectos Joaquín y Marina Díaz-Gascón, padre e hija, conocidos coleccionistas y promotores de arte, con la intención de llenar el estrepitoso vacío que tiene Barcelona en el ámbito ferial, se trata, entonces, de una iniciativa privada aunque apoyada, parece que levemente, por las instituciones al uso, Ayuntamiento, Diputación y Generalitat. Parece ser, queremos decir, que las ayudas económicas aún no han llegado o aún no han llegado del todo. La cuestión es que la feria abrió sus puertas el jueves día 10, que dura cuatro días y que se trata de un proyecto bastante ambicioso.

Los medios han señalado con un “pero, ¿dónde está la feria?” la ausencia total de publicidad (ni en la prensa ni por las calles) lo que nos ha obligado a preguntar a los guardias si se entraba por donde el Museo Marítimo. Pues sí. Se entraba por ahí y tras los cien mil carteles con el rostro electoral algo compungido de Xavier Trías (¿qué le preocupa, senyor Trías?) las puertas del Museo aparecían enmarcadas por dos elegantísimas lágrimas de lona con las letras S W A B al bies. Pequeñas pero ahí estaban. En el atrio del Museo nos recibe, espléndida, la réplica del Ictíneo I, el sumergible de Narcís Monturiol, que aparece como una pieza gigantesca del cubano Kcho o quizás sea el sueño de Riera i Aragó. Un sueño para los niños.

Como niños en día de fiesta (lo hemos sido), entramos, pagamos (ni mucho ni poco) y nos facilitaron un plano estricto de las dos plantas. Planta y media. El Ground floor acoge a la mayoría de las 43 galerías, la mayor parte extranjeras, y se compone de un espacio bastante bien diseñado por el arquitecto Fernando Rial que pretende, según hemos leído, que con los paneles de los stands compongan las susodichas letras S W A B, visibles desde la segunda planta. Por más equilibrios que hemos hecho, aún a riesgo de precipitarnos lamentablemente desde la barandilla, no lo hemos conseguido. Ni “S” ni “W” ni nada. Pero de todas formas el arquitecto ha logrado darle un aspecto de solidez aún siendo los stands minúsculos. Nada de moquetas, con los paneles pintados de un gris perla bastante agradable y con los muebles, mesa y sillas, de cartón y “disseny”.

En el espacio de la galería Leo Koenig, de Nueva York, el primero, nos ha sorprendido la obra muy bien construida de David Scher, unos cuadros espectaculares acompañados de un “gabinete de curiosidades” con apuntes, collages, hojas de cuaderno, fotografías y maquetas fechados entre 1977 y 2007. El artista, encantador, nos ha salido al encuentro, se ha presentado y hemos charlado un poco de todo. De él, básicamente. Neoyorquino militante, delicado, fuerte y, sobre todo, inteligente. Y con una obra considerable. En la Whonmaschine, de Berlín, dos óleos sobre cobre de Dimitris Tzamouranis muy bonitos, dos carreteras nocturnas con un deje romántico, entre pintura de gabinete y objeto, muy cuidados. La caseta de la galería Iguapop, de Barcelona, no tenía ningún interés, con una obra muy complicada de Sergio Mora. Leyendecker, al lado, con un espacio bastante grande, tampoco nos ha sorprendido en absoluto. Y bien que los sentimos: unas fotos muy decorativas pero nada más de Peter Klare y sensación de aburrimiento. Lo mismo que Estrany-de la Mota, con unos papeles negros de Francesc Ruiz sin mucho interés, dos fotos algo más bonitas de Douglas Gordon y unos tremendos papelitos de Ignasi Aballí ¡con tinta y tippex!.

La apariencia, en esos dos pasillos, es de que se trata de obra vendible, de pequeño formato, parece ser que asequible, de artistas “emergentes” (horrible palabra), aunque a veces no se sepa bien de qué o de dónde emergen. Huele a pintura, es cierto, a recién pintado. Y no hay, contra lo que podría parecer, ni demasiados artefactos ni “restos de instalaciones” ni nada que se le parezca. Hay óleo y tinta y lápiz. Pero hay poco entusiasmo. Es todo un poco pequeño. Un poco limitado. Y hay muy poco vendido.

Junto a alguna chinoisserie (Gallery 55, Shanghai, Tokio Gallery,…) bastante poco seria nos decepciona el espacio de Pilar Parra y Romero, de Madrid, y mucho, la Vacío 9 de Marta Moriarty y la emprendedora pero desigual ADN barcelonesa que enseña, sin embargo, una foto grande (120x163) y comprable de Concha Pérez, en la línea de “espacios abandonados” pero redonda. Algo de geometría, algo de pop (poco), casi nada de abstracción (ni épica ni lírica) y una trastienda preciosa con obra pequeña, hiperrealista y homenajeadora (Warhol, Velázquez, Rembrandt, ni más ni menos), de Stefan Holler en Anna Klinkhammer, de Dusseldorf.

Pero se obró el milagro. Subimos algo renqueantes a la primera planta, con sólo seis galerías y una especie de club del expositor, y nos esperaba el espléndido stand de M+R Fricke, con galería en Dusseldorf y en Berlín, con la mejor obra de toda la feria, la mejor colgada, la más inteligente, la que justifica el viaje, vamos: dos preciosas telas de David Kippendorff con una Rita Hayworth deshecha en llanto, preciosos de verdad, unos dibujos a lápiz excelentes de Pauline Kraneis, de los que había alguno vendido, figurativos, de interior, soberbios, dos deliciosas esculturas de pared (“recortables”) de Gabriele Basch y siete fotos intervenidas de John Beech, a cada cual mejor. Marion y Roswitha Fricke asistían impávidas a mi entusiasmo y a su escueto lunch de cocacola Zero y pincho de tortilla.

La cita debería repetirse. Hay mucho que hablar y no sé lo que pensarán de la feria ni los Joan Prats ni los Toni Tàpies ni mucho menos los Taché. Es una feria que le pega, y mucho, a Norberto Dotor y a Ferran Cano y a los Siboney y hasta a los My name’s Lolita. Y a los editores un poco avezados. No creo que sea una feria cara. Ni de difícil acceso. Pero lo que más nos ha sorprendido es que no es una feria española, ni mucho menos catalana y, si me apuráis, ni barcelonesa. Es un poco híbrida, todavía. Un poco (bastante) por definir. No coja, porque tiene muy buena pinta y aspecto de sólida. Un buen y bravo aspecto (las azafatas son bilingües de verdad, no huele a frito, no huele a nada, no hace ni frío ni calor y, sobre todo, no hay ruido). Se respira.

En fin, que Narcís Monturiol y ese John Beech del que ando enamorado (hijo de Tony Cragg, por ejemplo, otro de nuestros iconos) le den buena fortuna a la feria porque la merece. ¡Larga vida!.

lunes, 7 de mayo de 2007

JOSÉ PEDRO CROFT



Espléndida la intervención de José Pedro Croft en el lobby de la Fundación Gulbenkian de Lisboa tal como nos informan puntualmente en el blog Comunicación Cultural, realizada como encargo de la institución para celebrar los 50 años del Museo. Croft ha convertido las vitrinas vacías en objeto museable, museístico e incluso museográfico. J. P. Croft sigue siendo un etéreo rotundo (la frase es nuestra) y uno de los mejores escultores del mundo.

sábado, 5 de mayo de 2007

CRITICA DE LA RAZON EQUIVOCADA



Entendemos perfectamente que los críticos de arte se ganen el pan (y el paté o la mermelada) con ciertos esfuerzos dialécticos, que escriban según una línea editorial o que escriban, simplemente, lo que toca. Entendemos muy bien hasta el cansancio. E incluso la torpeza. Pero lo que no podemos entender es el discurso banal de a tanto la holandesa para: 1. Quedar bien con el/la galerista (con la galería, vamos). 2. Reseñar una de las únicas exposiciones madrileñas con reclamo o 3. Hacerlo porque es signo de un modernidad llamémosle acomodada.

A lo que vamos. La exposición de Perejaume en la galería Soledad Lorenzo aparece hoy reseñada, a toda página, en ABCD bajo la firma de Miguel Cereceda y con el título de Un soplo de aire fresco. La exposición viene citada como “Perejaume. Los horizontes y las pinturas” y en la página de la galería leemos “Los horizontes y las cinturas”. Pero seguramente da igual. Pinturas o cinturas el señor Cereceda se pasea, en el primer epígrafe titulado Contemplación interior, por el Mediterráneo, de la mano de Ulises (de vuelta, claro está, a Ítaca), parando un poco en el Fedro de Platón para llegar, de repente, a la Edad Media (“bosques agrestes, escarpadas montañas”), a Petrarca y, ya en una especie de orgía transhistórica, a la Reforma dando un traspiés en las Confesiones de San Agustín. Ni más ni menos.

Todo ello para contarnos, o para pretender hacerlo, que el artista de Sant Pol de Mar, menos famoso que Carme Ruscalleda aunque sea Premio Nacional de Bellas Artes, expone sus fotografías y vídeos creados, construidos y suponemos que pensados “dentro de la tradición paisajística”. Vamos a ver. Ni el artista representa tradición alguna ni es continuidad de una tendencia paisajística ni siquiera remota y hace falta tener algo más que bemoles para afirmar que el de Sant Pol traza sus vídeos y sus fotos “con esas líneas descriptivas, pictóricas y científicas a la vez”. Ni pictóricas, señor mío, ni tan siquiera topográficas. Perejaume se inventó hace muchos años (y lo celebramos por él) un viaje alrededor de sí mismo, mochila en ristre, que le ha llevado a cometer los más insospechados desmanes en una clave paisajística que nunca ha explicado, ni bien ni mal. Si Miquel Barceló sigue entusiasmado con los bodegones, Antón Patiño con la figura y Perejaume con el paisaje, pues qué le vamos a hacer, allá ellos. Pero que se nos quieran presentar como herederos de una tradición secular, que se cite, impunemente, a Platón o a San Agustín, o a Zurbarán o a Tiziano, me parece de un atrevimiento mayúsculo. Porque Perejaume hace un juego inverosímil con las faldas de las montañas y las faldas de las señoras, ambas al viento (¡válgame Dios!), Barceló se embarra hasta lo indecible jugando, todavía, a Picasso en Vallauris y de Antón Patiño no hay mucho que decir.

Los tres ejemplos valen. Seguro que valen. Porque son pintorescos. Pero a la soledad del crítico de fondo hay que darle más madera para combatirla. No hace falta leer más. Ni acudir a San Google para que nos de la fecha exacta de cuando Petrarca asciende al monte Ventoso o Barceló se enamoró de una indígena. Hace falta leer. Y escribir sólo lo que haga falta.

miércoles, 2 de mayo de 2007

L'HOMME DE LA CLEF



¿Qué guarda realmente? ¿Acaba de cerrar? o ¿está a punto de abrir?.

Ilustración de autor desconocido.